—Abuelo, aún no es seguro, más tarde te lo diré oficialmente —respondió Regina Guerrero con el rostro sonrojado. Había aprendido que primero debía asegurar las cosas antes de divulgarlas, para luego dejar boquiabierto a Don Octavio y que se diera cuenta de quién era la persona que más beneficios podía aportar a la familia Guerrero.
Últimamente, cada vez que Regina intentaba ir en contra de Eliana Lamas, terminaba perdiendo ante ella. Su situación actual era el punto más bajo de su vida. No solo su abuelo estaba decepcionado de ella, sino que también había ofendido al productor del programa anterior.
Cuando Eliana admitió frente a las cámaras que era Rose, ese productor ya estaba acabado. Más tarde fue despedido, pero esos chismes vuelan, y en la industria todos sabían que Regina había sido la instigadora; ahora, casi ningún programa quería colaborar con ella.
Además, las trampas que Regina había hecho durante sus prácticas en el proyecto nacional también habían sido expuestas por los estudiantes de la Universidad de Valdemar. El mundo académico le había dado la espalda por completo y hasta los expertos que antes admiraban su dedicación ahora la evitaban.
Justo cuando Regina estaba desesperada y al límite, descubrió que estaba embarazada.
Seguro era de aquella noche con César. ¡Estaba esperando un hijo suyo! César se pondría contentísimo. ¿Acaso no estaría ansioso por hablar con su abuelo de inmediato para casarse con ella y hacerla entrar a su familia?
Mientras tanto, al ver el mensaje, César de Soto notó que era de un número desconocido. Como no lo conocía, seguramente era una estafa. Sin pensarlo dos veces, borró el mensaje.
Tras eliminarlo, César tomó la mano de Eliana y juntos salieron de la pista de aterrizaje. Allí los esperaba una fila interminable de Rolls-Royce negros.
Eliana se quedó sin palabras.
Sabía que el trasfondo de César no era nada sencillo, y aunque ella misma se había unido a la familia Romano y conocía los lujos de las familias adineradas, todo aquello no era nada comparado con esto.
Ingresaron a la finca de los de Soto. El coche avanzó dentro de la propiedad privada durante diez minutos enteros antes de que pudieran vislumbrar el edificio principal. La finca era tan inmensa que parecía un pequeño pueblo independiente. A ambos lados, más de un centenar de sirvientes hicieron una reverencia impecable al mismo tiempo.


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