Los documentos fueron depositados uno por uno sobre el escritorio, formando una cadena de pruebas irrefutable.
—En conclusión —remató el abogado Peña con voz segura y dominante—, consideramos que estamos ante una simple pelea doméstica. No hay bases suficientes para justificar un fallo de divorcio. Sugiero que se les dé la oportunidad de arreglar las cosas; los jóvenes no deberían divorciarse al primer tropiezo. Además, no es prudente que una disputa de pareja acapare los recursos del sistema judicial.
El mediador lo pensó por unos instantes y asintió despacio.
—Si no hay pruebas contundentes de una falta grave —dijo—, concuerdo en que se trata de un conflicto interno de la pareja.
El hombre creía conocer bien a las chicas de hoy en día: demasiado sensibles, pidiendo el divorcio a la primera provocación. Había lidiado con docenas de casos idénticos.
El resultado estaba cantado. La abogada Vargas intentó contraatacar varias veces, pero fue bloqueada en cada intento.
—Si insisten en que hubo infidelidad, deberán aportar pruebas más directas, o bien, una prueba de ADN que confirme la paternidad del bebé —sentenció el mediador.
Finalmente, dio el golpe en la mesa: —La resolución de esta mediación es: no se concede el divorcio.
El rostro de Carmen Vargas se oscureció de inmediato. No era la primera vez que perdía una batalla así, pero esta derrota se sentía especialmente frustrante.
Eliana, en cambio, se mantuvo serena. Incluso, cuando escuchó el veredicto, esbozó una leve, casi imperceptible, sonrisa.
No culpaba a Carmen. La familia Romano era inmensamente poderosa; el equipo legal que podían costear era de otro nivel. Sin embargo, al ver cómo el abogado desglosaba cada regalo y cada depósito como evidencia, sintió repulsión.
¿Eso contaba?
¿Los aretes que le regaló a pesar de que no tenía las orejas perforadas? ¿El dinero para un taxi que le transfirió por pura culpa después de dejarla tirada bajo la lluvia en la calle?
Antes de que la sesión concluyera, Eliana levantó la mirada y se dirigió a su esposo:
—Manuel, solo te haré una pregunta. ¿Tú y Esther, de verdad no tienen nada?

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