—Si tiene alguna otra información que pueda ayudarnos, ¿podría compartirla? Quizás podamos encontrar una forma de darle la vuelta a esto.
Manuel guardó silencio por un largo rato. Finalmente, dijo: —Sí, la tengo.
La fecha de la segunda mediación llegó según lo programado.
Ese día, Valeria Ferrer insistió en acompañar a Eliana. Y para sorpresa de muchos, Manuel llegó a tiempo.
La luz del pasillo era blanca y fría.
En cuanto sus miradas se cruzaron, la tensión en el aire se volvió insoportable.
Manuel la observó por unos segundos antes de hablar con lentitud: —Eliana, si te arrepientes ahora, todavía estamos a tiempo. Solo retira la demanda de divorcio y fingiremos que nada de esto pasó.
Lo dijo como si le estuviera haciendo un favor. —Ya hiciste suficiente drama por hoy. Volvamos a casa y hablemos las cosas. No tenemos por qué llegar a estos extremos.
Valeria, que estaba parada junto a ella, soltó una carcajada sarcástica.
Miró a Manuel de arriba a abajo y disparó sin piedad: —Uy, ¿qué milagro es este? ¿El sol salió por el oeste? El señor Romano no solo llega puntual... —paseó la mirada detrás de él y curvó los labios con burla—, sino que tampoco trajo a su amante.
La cara de Manuel se descompuso.
Pero decidió ignorarla, apartó la mirada y caminó hacia la sala de mediación.
Comenzó la sesión.
La Abogada Vargas atacó con todo. Videos, líneas de tiempo, documentos clave... puso toda la evidencia sobre la mesa.
Eliana fue clara en su exigencia de divorcio y defendió la justa división de bienes estipulada en el acuerdo.
El mediador, un hombre de mediana edad, asentía constantemente mientras escuchaba.
—Si todo esto es cierto —dijo, mirando a Manuel—, estamos ante un caso severo de conflicto matrimonial.
Su tono insinuaba que se inclinaría por aprobar el divorcio.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada