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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 56

Eliana esbozó una sonrisa cortés y elegante:

—Es usted muy amable, Don Octavio. Pero la verdad es que vengo de una familia bastante común. Tuve la inmensa suerte de ser aceptada como alumna del Maestro Dario cuando tenía cinco años; lo demás ha sido cuestión de dedicar horas y esfuerzo a la práctica.

—¿Ah, sí? —insistió Don Octavio, con genuina curiosidad—. Pues me imagino que tus padres también invirtieron mucha paciencia y esfuerzo en ti, ¿no es así?

Eliana guardó silencio por un segundo.

—Mis padres... ya fallecieron —respondió en voz baja.

Lo dijo con un tono sereno, pero en el instante en que mencionó la palabra, sus ojos se empañaron con una ligera humedad.

No sabía por qué se sentía tan sensible esa noche. Tal vez era la actitud cálida y paternal de Don Octavio, o tal vez era la presencia del hombre sentado frente a ella, con quien alguna vez había sido tan unida que lo consideraba parte de su familia.

Esa atmósfera había derrumbado sus defensas sin que se diera cuenta.

Al escuchar sus palabras, César también se quedó en silencio. Recordó aquellos años en los que fueron vecinos; esa pareja lo había tratado de maravilla. Veinte años atrás, cuando recién llegó a Valdemar, el destino quiso que viviera al lado de Eliana.

Él tenía diez años; ella apenas cinco.

Durante los primeros años en Valdemar, a causa de las secuelas del veneno, la salud de César era frágil. Padecía una tos crónica que lo despertaba de madrugada ahogándose. Fueron los padres de Eliana quienes se encargaron de prepararle caldos nutritivos y remedios caseros, asegurándose de que comiera tres veces al día sin falta. Fueron ellos quienes, en el momento en el que él estaba más reacio a confiar, lo acogieron como si fuera un hijo más.

Y Eliana... ella era como un pequeño rayo de sol. Todos los días tocaba a su puerta con una enorme sonrisa para asegurarse de que se tomara sus medicinas. Lo arrastraba al patio para que tomara el sol mientras le contaba anécdotas infantiles sin importancia. En invierno, le regalaba su cobija favorita llena de florecitas rojas, exigiéndole muy seria que no pasara frío.

La familia de Soto era un nido de víboras donde las traiciones eran el pan de cada día. Al ser el heredero de ese imperio, él siempre había sido el blanco principal. Crecer en un ambiente así le había enseñado a mantener las distancias y a desconfiar de absolutamente todos.

Pero todos aquellos instantes cotidianos compartidos con la familia de Eliana habían iluminado, poco a poco, los oscuros y fríos rincones de su corazón.

—¿Y cómo eran tus padres? —preguntó Don Octavio, y al notar que quizá sonaba demasiado ansioso, agregó rápidamente—: Es pura curiosidad... me pregunto qué clase de padres pueden criar a una mujer como tú.

Eliana se perdió en sus recuerdos por un instante.

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