De nada servían ya los arrepentimientos, pero al menos le quedaba el consuelo de que ella había dejado una hija. Y viendo a Eliana ahora, era evidente que heredó la misma brillantez de su madre. La habían educado de maravilla.
Sin embargo... ¡resultaba que esta muchacha había sido adoptada por Celina!
Don Octavio sentía un enorme alivio en su corazón, aunque empañado por un profundo pesar.
Levantó lentamente su copa de vino, fijando en Eliana una mirada compleja y llena de matices.
Mientras tanto, César pelaba un cangrejo con movimientos elegantes y precisos, escuchando en silencio el intercambio entre ambos. De vez en cuando, deslizaba la mirada hacia Eliana, y luego hacia el anciano, notando ese interés casi desmedido por parte de Don Octavio. Su mente ya estaba atando cabos.
Justo en ese momento, Don Octavio soltó una carcajada, rompiendo la tensión, y cambió de tema para hablar sobre arte.
César empujó con sutileza el plato con la carne de cangrejo que acababa de pelar hacia el centro de la mesa. Lo colocó en un punto estratégico, donde cualquiera pudiera alcanzarlo si estiraba el brazo.
Eliana detuvo su cubierto por una milésima de segundo.
Cuando era niña, le encantaba comer cangrejo, pero odiaba el trabajo que implicaba pelarlo. Así que César se había acostumbrado a hacerlo por ella y dejárselo listo frente a su plato.
En realidad, muchos de los platos que a ella le fascinaban requerían de un proceso tedioso para comerse. Camarones, castañas, pescados con espinas, o hasta caprichos absurdos como pelarle las uvas y quitarles las semillas. Esos dedos aristocráticos de César, que jamás hacían trabajo físico, siempre se encargaban de mimarla hasta el extremo.
Pero desde el día que César se marchó, Eliana jamás volvió a comer ese platillo.
Sin dedicarle una sola mirada al plato de cangrejo, estiró el brazo con total naturalidad y se sirvió un poco de verduras asadas. Como si nada hubiera ocurrido.
Don Octavio, ajeno a la historia entre esos dos, vio con asombro cómo César se tomaba la molestia de pelar el cangrejo con tanta paciencia. Considerando los rumores en la alta sociedad que pintaban al señor de Soto como un hombre frío, despiadado y carente de humanidad, el anciano pensó que tal vez la gente exageraba un poco.
—Tengo entendido que la señorita Lamas está muy interesada en el Concurso Nacional de Arte —dijo César de pronto, dirigiendo la conversación hacia ella.
A Eliana no le sorprendió en lo absoluto que él lo supiera. Siendo el Consorcio de Soto el patrocinador principal, seguro ya tenía la lista de participantes en sus manos.
—El gran Señor de Soto maneja un imperio multinacional, ¿y aún así le sobra tiempo para fijarse en pequeñeces como esta?
César ignoró la sutil burla en sus palabras:


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada