César dijo que no lo conservarían; se negaba a arriesgar la vida de Eliana. Ya no era solo una cuestión de riesgo mortal, ni siquiera estaba dispuesto a comprometer su salud general.
Eliana dijo que sí lo conservarían; se negaba a renunciar a esa mínima esperanza.
—César... —suplicó la chica, mirándolo con un tono ligeramente nasal.
—No —rechazó César con dolor. Tomar esa decisión era igualmente devastador y difícil para él. ¿Acaso no le dolía perder al pequeño que aún no terminaba de formarse? Pero nada, absolutamente nada, era más importante que Eliana.
—Cesi... —cambió ella la forma de llamarlo. Lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
El corazón de César se ablandó al verla, su manzana de Adán se movió, pero siguió sin ceder.
Eliana lo conocía tan bien que sabía que estaba al borde de ceder.
Lo pensó un momento y probó con otra palabra:
—Novio...
Ese simple llamado fue suficiente para que César se rindiera por completo.
Soltó un largo suspiro y dijo, resignado y con pesadumbre:
—Acepto, pero con condiciones.
Antes de que pudiera continuar, Eliana se adelantó:
—Lo sé. Prometo seguir las indicaciones del médico al pie de la letra, tomar mis remedios a tiempo y no andar de un lado para otro. Si siento el más mínimo malestar, te lo diré de inmediato y vendremos al médico en el acto.
César la miró con esa actitud tan recatada y extendió la mano para acariciarle el cabello.
El anciano médico naturista, que presenciaba la escena, soltó una carcajada afable. Qué bonita era la juventud.
El doctor procedió a detallarle pausadamente a Eliana todas las precauciones que debía tomar y le recetó una cantidad considerable de medicinas para su cuidado. Eliana escuchó todo con absoluta devoción.
César le dio las gracias al anciano con total sinceridad.
Cuando estaban a punto de despedirse, Eliana se detuvo en seco y frunció el ceño:

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