El guardia de seguridad sabía desde hace tiempo que Maya era la hija de la señora Sonia, así que no le impidió el paso al verla y hasta la saludó:
—Mayita, ¿vienes a buscar a tu mamá otra vez?
Maya Solís, el guardia la llamó por su verdadero nombre.
—Mamá...
Al encontrar a la señora Sonia, esta se giró y al ver cómo iba vestida, su expresión se ensombreció de golpe. Le soltó un aluvión de reproches:
—¿No te dije la última vez que usaras pantalones? Vistiéndote así, ¿a quién planeas seducir?
Sin siquiera tomar aliento, Sonia recordó que Maya había estado allí hacía apenas dos semanas y retomó sus quejas, empujándola mientras hablaba:
—Te dije que no vinieras a buscarme si no era urgente, ¿acaso estás sorda?
—Mamá... mamá, no te enojes. El gerente nos dio un bono y en cuanto me lo pagaron, pensé en traértelo... —Maya bajó la mirada, sumisa, y sacó del bolso de tela un fajo de billetes arrugados, de varias denominaciones.
Miró el dinero y se lo entregó con aparente pesar. A Sonia le irritó su lentitud y se lo arrebató de un manotazo.
—¿Por qué hay tanto cambio suelto?
—Fue mi cumpleaños, compré un pastelito para consentirme y celebrarlo... —murmuró Maya, jugueteando nerviosamente con los dedos.
Sonia se paralizó y su expresión se volvió un tanto rígida.
Maya mantenía la cabeza gacha, ocultando una leve sonrisa tras el flequillo. Sabía perfectamente que, aunque Sonia aparentaba estar furiosa, en realidad estaba muerta de miedo.

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