El chirrido de los frenos perforó sus tímpanos. Eliana sintió que el mundo le daba vueltas y, al segundo siguiente, una fuerza brutal la arrastró hacia un pecho firme.
En una fracción de segundo, la adrenalina de César se había disparado; cruzó varios metros de un salto y arrancó a Eliana del peligro.
La abrazó con una fuerza abrumadora, como si quisiera fundirla en sus propios huesos.
Su pecho subía y bajaba violentamente, presa del terror de quien acaba de rozar la muerte. Ya no le quedaban fuerzas para reprenderla.
César la mantuvo así, abrazada en medio de la ruidosa calle, durante un buen rato.
Finalmente, aquel hombre que siempre se mostraba distante y superior, dejó escapar una súplica rota. Con los ojos enrojecidos y la voz áspera, le dijo:
—Te lo diré todo, pero no te escondas, ¿sí?
Era la primera vez que Eliana veía a César en ese estado.
Lo miró atónita.
—Entonces, ¿puedo no abortar a nuestro bebé? —preguntó con la voz entrecortada.
Efectivamente, todo era por ese asunto.
El corazón de César se encogió como si lo estuvieran cortando con un cuchillo sin filo.
—Dejaremos la decisión en manos de los médicos, ¿te parece? —dijo César con suma cautela—. Yo también deseo mucho a este bebé, pero... tal vez aún no sea nuestro momento.
Al escuchar eso, a Eliana le dio un vuelco el corazón.
—¿A qué te refieres?
César tragó saliva antes de responder.
—Es muy probable que el bebé no sobreviva.
Las lágrimas de Eliana brotaron al instante. Grandes gotas caían al suelo como perlas desprendidas de un collar.
Respiró profundo y lo miró a los ojos.
—¿El médico te dijo la causa? ¿Fue en los exámenes que nos hicimos la otra vez? Tú lo sabías desde entonces, ¿verdad?
César depositó un tierno beso en su frente.

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