Al mismo tiempo, ordenó contactar a la compañía de taxis para rastrear a los conductores que hubieran recogido pasajeros en el hospital durante ese lapso. El rastreo tomaría algo de tiempo y César no podía quedarse sentado cruzado de brazos esperando.
Llamó a sus subordinados y desplegó cuatro equipos para que buscaran en un radio expansivo partiendo desde el hospital. También envió gente a varios puntos clave, incluyendo el departamento de Valeria Ferrer, la mansión de la familia Guerrero y el apartamento en el sur de la ciudad.
Por su parte, él se dirigió directamente al cementerio, a las tumbas de Celina Guerrero y Vicente Lamas.
Llegó al lugar respirando con dificultad, pero no había rastro de ella.
Se detuvo frente a la lápida conjunta de Celina y Vicente. En la fotografía, ambos sonreían con dulzura.
César se arrodilló frente a la tumba y se inclinó tres veces en señal de respeto. No pronunció ni una sola palabra.
Tenía que seguir buscando a Eliana.
Condujo su Bentley negro sin rumbo fijo por las calles. Ya había despachado a Luis para que también la buscara.
El teléfono de César sonó. Contestó de inmediato, con el rostro iluminado por la esperanza. Pero rápidamente, la esperanza se transformó en decepción.
Recibió dos llamadas más y el proceso se repitió.
Sus hombres le informaban que ya habían revisado los lugares indicados y no habían encontrado rastro de Eliana.
De pronto, el teléfono volvió a sonar. César deslizó el dedo por la pantalla y escuchó una voz del otro lado:
—Señor de Soto, la encontramos.
En ese momento, Eliana estaba en el zoológico.
Se encontraba en la zona del lago, contemplando a una mamá cisne que llevaba a siete u ocho crías sobre su lomo.
El agua se encrespaba levemente con la brisa. Estaba sentada en un banco, perdida en aquella escena, con la mente en blanco.
Había apagado su celular.
Admitía que había actuado por impulso.
Tenía miedo de que César la hubiera llevado al hospital con engaños para obligarla a abortar.

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