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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 381

Eliana Lamas miró fijamente el rostro de César de Soto, pero no pudo descifrar nada. Después de todo, era César de Soto, jamás podías adivinar fácilmente sus emociones con solo mirarle la cara.

—¿Qué planes hay hoy? —preguntó ella, apresurándose a cambiar de tema por temor a que él notara algo.

—Ir a la revisión del embarazo —respondió César, lacónico.

—¿Tan pronto? ¿No habías dicho que iríamos la próxima semana? —Eliana se sorprendió. Sus dedos temblaban ligeramente ocultos bajo las mangas. Un cambio de planes tan repentino... ¿estaría relacionado con aquel mensaje de texto?

César, que ya había visto el mensaje, también estaba lleno de preocupaciones.

De los ocho especialistas que había consultado, siete le habían dicho que no había nada que hacer, y el octavo, un experto en medicina alternativa, se había mostrado evasivo y le advirtió que era difícil dar un diagnóstico definitivo.

Era un asunto que no podía retrasarse. En los últimos días, Eliana había estado sufriendo malestares físicos constantes y andaba muy intranquila.

Si de verdad no había esperanza, tendrían que programar el legrado lo antes posible. De lo contrario, como advirtieron los médicos, podría afectar su cuerpo e incluso dejarla estéril de por vida.

Pero al mirar a Eliana, sus ojos se llenaron de emociones complejas. ¿Cómo iba a darle semejante noticia a su pequeña?

Ella anhelaba tanto la llegada de ese bebé; no quería que se culpara ni que sufriera por ello.

Llevarla hoy a hacerse exámenes más exhaustivos era su última esperanza. Por ahora, solo le quedaba avanzar un paso a la vez.

César siempre había confiado ciegamente en su propio poder, pero hoy descubría que, ante las cosas del destino, la fuerza humana tenía sus límites.

—Resulta que el especialista tenía un hueco libre hoy, así que lo adelantamos —mintió César con naturalidad. No había pegado ojo en toda la noche, pero no mostraba ni un ápice de fatiga.

Alguien más que tampoco había dormido esa noche era Manuel Romano. Se había quedado montando guardia en su Maybach aparcado abajo; el suelo junto a la puerta de su auto estaba tapizado de colillas de cigarro.

Tenía la cabeza hecha un lío, se había empapado con la lluvia y el frío se le había calado en los huesos. Si a eso le sumaba la falta de sueño y la montaña rusa emocional, el resultado era predecible: al amanecer sentía la cabeza pesada, el cuerpo le ardía y era evidente que tenía algo de fiebre.

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