Manuel Romano entró al vestíbulo del edificio. Los guardias de seguridad ya lo habían visto varias veces y no le impidieron el paso. Así se quedó, montando guardia en la recepción.
Las puertas del ascensor se abrieron lentamente y vio salir a Eliana y a César de Soto caminando uno al lado del otro.
Eliana vestía una blusa color nude de talle alto y pantalones anchos, mientras que César llevaba un traje de alta costura gris oscuro. Ambos tenían la misma expresión de frialdad y desapego; su aura era idéntica e incluso la forma en que caminaban revelaba una armonía innata.
Cualquiera que los viera pensaría que hacían la pareja perfecta.
Manuel apretó los puños. El dolor de las uñas clavándose en sus palmas lo ayudó a mantener un hilo de lucidez. Dio un paso al frente a trompicones, con la voz tan ronca que parecía papel de lija:
—Eliana...
Ella se detuvo y lo repasó con la mirada.
En ese momento, a Manuel no le quedaba ni un rastro del distinguido magnate de Valdemar. Llevaba el cabello alborotado y el costoso traje arrugado y pegado al cuerpo, algo impensable para un hombre tan perfeccionista como él.
Por si fuera poco, de él emanaba un fuerte olor a tabaco mezclado con la humedad de la lluvia.
Eliana retrocedió un paso de inmediato, frunciendo levemente el ceño. Estaba esperando un bebé; lo mejor era mantenerse alejada del humo de segunda mano y de cualquier persona que oliera mal.
Ese paso hacia atrás fue una puñalada para Manuel, cuya mirada se ensombreció.
César aprovechó para dar un paso al frente y ocultar a Eliana a sus espaldas. Aquella escena era idéntica a la que había ocurrido hacía tan poco tiempo.
Aquella noche, también en ese edificio, Eliana se había escondido detrás de César y le había dicho que no quería volver con él.
Pero él se negaba a aceptarlo.
Con los ojos enrojecidos, rugió en voz baja:
—Eliana, ¿esa es la razón por la que estás decidida a dejarme? ¿Es por él?
A Eliana le pareció absurdo, incluso ridículo.

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