Esas palabras fueron una estocada letal, dando directo en el punto débil de Manuel.
—Además, si mal no recuerdo, la persona que usaste como intermediaria para conseguir una reunión conmigo fue tu amante, Esther Garza. ¿Con qué derecho vienes aquí a exigirme explicaciones?
Cada palabra caía como un mazo sobre Manuel, obligándolo a enfrentarse a la brutal realidad: el único culpable de haber destruido la vida de Eliana era él mismo.
Incapaz de soportar un segundo más en esa oficina, Manuel salió arrastrando los pies, con la mente nublada.
Mientras cruzaba la puerta, aún pudo escuchar la gélida advertencia de César: —No te atrevas a volver a soñar con Eliana. Ella es mucha mujer para ti.
Caminó hacia la salida con pasos tambaleantes, como si el suelo bajo él se desmoronara. Al subir a su auto, le ordenó al chofer que se dirigiera al Edificio de Artes.
Quien había estado siguiendo a Eliana antes era el detective privado contratado por Manuel. Como ella lo había bloqueado de todos lados y no la había encontrado ni en el estudio del Maestro Dario ni en la residencia de la familia Guerrero, Manuel se había visto obligado a recurrir a esa táctica desesperada.
Las palabras de César resonaban en su cabeza, mezclándose con la conversación telefónica que acababa de escuchar. Ese ambiente íntimo y doméstico que compartían le dejaba dolorosamente claro que no había espacio para que un extraño se interpusiera.
Tenía que verla una vez más. Solo una.
El auto se detuvo en la calle frente al edificio. Manuel mantuvo la mirada clavada en la entrada, completamente ajeno al paso del tiempo.
No supo cuánto esperó hasta que, finalmente, la esbelta figura de Eliana apareció en su campo de visión. La vio subir a la camioneta enviada por César.
El auto de Manuel la siguió a una distancia prudente, deteniéndose justo frente al edificio de departamentos donde ella vivía.
Pedro lo notó a través del espejo retrovisor y le preguntó a Eliana si debía intervenir. Ella reconoció el auto de Manuel y le dijo que lo ignorara.
Eliana subió a su departamento.
El vehículo de Manuel se quedó estacionado abajo, sin hacer ningún intento por seguirla.
Como si le hubieran drenado hasta la última gota de energía, apagó el motor y se quedó allí en silencio. Al ver que empezaba a oscurecer, le dijo al chofer que se marchara.
Se quedó solo, apoyado contra la carrocería. Sacó un cigarrillo del bolsillo, lo encendió y alzó la vista, contemplando con ojos ávidos la ventana del piso dieciocho. Esperó hasta que se iluminó. Ese cálido resplandor amarillo rompiendo la oscuridad de la noche lo dejó aturdido por un instante. Se sintió transportado a La Finca Mirador; en aquellas incontables y heladas noches, Eliana siempre le había dejado una luz encendida.

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