Sede principal del Consorcio de Soto, último piso.
En el instante en que las puertas del ascensor se abrieron, Manuel pisó una gruesa y lujosa alfombra de lana. Todo el nivel estaba revestido con ese material, dejando claro su exorbitante costo.
Por fuera, mantenía la mirada fija al frente, proyectando la imagen fría y calculadora de un líder empresarial, pero por dentro, su mente era un hervidero de pensamientos.
Si César resultaba ser solo el "hermano" de Eliana, él, como su esposo, tendría que tratarlo con el máximo respeto y cortesía. Pero si resultaba ser su "novio"...
Una ola de rabia oscura se arremolinó en su pecho. Ni siquiera quería imaginarlo.
Dos personas sin ningún vínculo de sangre... le resultaba imposible creer que, después de más de una década, pudieran mantener una relación de hermanos tan pura e inocente.
A Manuel lo hicieron esperar en la recepción de la oficina de César durante media hora exacta.
Mientras aguardaba, la pesada puerta de madera permaneció cerrada, aunque un leve murmullo de voces se filtraba desde el interior.
Cuando finalmente se abrió, quien salió fue nada menos que Ricardo Garza. Evidentemente, él también había acudido para asegurar su tajada en el megaproyecto portuario.
Sus miradas se cruzaron en el aire.
—Ricardo —saludó Manuel, asintiendo levemente.
A Ricardo no le sorprendió verlo allí; sabía que el interés del Grupo Romano en el proyecto era alto.
Sin embargo, notó que los ojos de Manuel estaban inyectados en sangre y se le veía profundamente agotado. Suspirando para sus adentros, le habló con tono cordial: —Manuel, ¿qué te parece si cuando termines buscamos un lugar para hablar del proyecto?
—Ricardo, la verdad es que estos días estoy con el tiempo encima. Lo dejamos para otra ocasión, te lo prometo —declinó Manuel con cortesía.
Ricardo parpadeó, desconcertado. Definitivamente notó un cambio en la actitud de Manuel; ya no había la misma camaradería de antes.
En ese momento, Luis se acercó y le indicó a Manuel que ya podía pasar al despacho de César.

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