Pedro también había notado aquel vehículo, pero como había conducido con total normalidad durante todo el trayecto y, al llegar al destino, simplemente siguió de largo, asumió que era uno más de los miles de autos en la ciudad.
Pedro apartó la mirada y no le dio mayor importancia. Eliana, por su parte, ni siquiera se había percatado.
Cuando regresó a trabajar por la tarde, May ya se había ido tras pedir permiso para salir temprano. Nadie sabía en qué andaba metida. Sin embargo, Eliana notó que el subdirector del equipo de restauración, ese que siempre parecía disfrutar haciéndole la vida imposible, tampoco estaba por ningún lado.
Mientras se servía agua en la sala de descanso, escuchó casualmente a unos compañeros cuchicheando.
—¿Se enteraron? El subdirector no vino porque lo despidieron. Y fue un escándalo tremendo.
—No puede ser, si es de los más antiguos. ¿Qué pasó?
—Dicen que se le pegaban las cosas. Al parecer, estaba sacando pinturas antiguas del almacén y reemplazándolas con falsificaciones. Lo descubrieron con las manos en la masa.
Eliana tomó su vaso y regresó a su escritorio, sin darle demasiada importancia al chisme.
Al mismo tiempo, un Maybach negro se dirigía hacia la sede del Consorcio de Soto.
Manuel iba sentado en la parte trasera.
Después de que prometiera inyectar más capital, César finalmente había accedido a reunirse con él a solas. Pero el motivo de Manuel para esta reunión iba mucho más allá de los simples negocios.
En sus manos sostenía una tablet, revisando minuciosamente la información que su investigador privado le había enviado. El informe era extenso, un archivo PDF de cientos de páginas, y sus dedos se deslizaban rápidamente por la pantalla.
Hasta que se detuvo en seco al ver una fotografía.
La imagen no tenía buena resolución, pero era lo suficientemente clara como para distinguir a las dos personas: una joven Eliana y César. El ángulo sugería que había sido tomada a escondidas. En la foto, Eliana llevaba el cabello recogido en una coleta alta y lucía una sonrisa radiante e inocente. Apenas parecía una adolescente mientras le entregaba, con total naturalidad, su mochila al apuesto joven que estaba a su lado.
Y ese joven, aunque todavía conservaba ciertos rasgos de la adolescencia, era innegablemente César de Soto.

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