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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 373

Una sombra de decepción cruzó por los ojos de Manuel, pero no dijo nada.

Eliana bajó la mirada para revisar los documentos. La suave iluminación de la cafetería bañaba su perfil, delineando una atmósfera de absoluta tranquilidad. Manuel la observaba en silencio; de repente, sintió que todos los sonidos del exterior se desvanecían, dejando únicamente la imagen de la mujer frente a él y el suave crujido de las páginas al pasar.

Claro, si ignoraba el hecho de que lo que ella estaba leyendo era su diagnóstico de infertilidad.

Desde que Esther Garza se había mudado a su casa, su vida era un caos absoluto. El hogar ya no se sentía como un hogar, y la paz brillaba por su ausencia. Resultaba irónico que fuera precisamente en ese momento, frente a ella, cuando por fin lograba unos preciados segundos de tranquilidad.

Un mechón de cabello se deslizó por la mejilla de Eliana, resaltando su cuello delicado y hermoso. Ella, completamente ajena a la mirada del hombre, seguía absorta en el reporte.

Su café permanecía intacto. Cuando se enfrió, Manuel, sin que ella se diera cuenta, pidió que le trajeran otra taza caliente.

Eliana frunció el ceño. Había dicho claramente que no tomaría café, pero Manuel fingía escucharla mientras seguía haciendo su santa voluntad al pedirle un segundo vaso.

Revisó el informe meticulosamente. Tenía el sello del hospital, la firma del médico y el número de expediente. Parecía genuino.

—¿Cómo quieres que te compense? —preguntó Eliana, levantando la vista—. Puedo hacerme cargo de los gastos médicos y de los costos de rehabilitación y cuidados especiales. Pero más allá de eso, no tengo cómo pagarte.

Después de todo, no había sido ella quien lo apuñaló. Si Manuel quería buscar culpables, ¿no debería culpar a los secuestradores?

Además, recordaba perfectamente que el secuestrador se enfureció y lanzó la puñalada justamente porque Manuel gritó su nombre, "Eli", haciéndole saber al criminal que había sido engañado.

Para sorpresa de Eliana, Manuel negó con la cabeza. Su tono destilaba una ternura que rozaba lo enfermizo: —No te culpo. Y no necesito tu dinero. Recibí esa puñalada por voluntad propia. Si me toca vivir sin hijos, lo acepto. Además, para mí, si no son hijos tuyos, no tienen ningún sentido.

Que Manuel dijera que no la culpaba realmente la tomó desprevenida.

Especialmente porque, no mucho tiempo atrás, había utilizado información sobre sus padres biológicos como un chantaje rastrero para obligarla a volver a la familia Romano.

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