Manuel Romano la había citado para entregarle los resultados de sus exámenes médicos.
En su momento, Eliana le había dicho que bastaba con que se los enviara al teléfono.
Pero Manuel insistió: —Si te los envío por teléfono, es fácil que alguien los altere. Prefiero entregarte los originales.
Eliana pensó en el video falso de Regina Guerrero y admitió que, efectivamente, los archivos digitales eran fáciles de manipular.
—Entonces, envíamelos por correo.
—Eli, esto tiene que ver con mi dignidad como hombre. Haber reunido el valor para decírtelo ya fue lo suficientemente difícil. Si te lo envío y alguien más lo ve, yo... —Manuel dudó, fingiendo vulnerabilidad—. Además, dijiste que me compensarías. Creo que deberíamos hablar de esa compensación cara a cara.
Al final, Eliana accedió. Acordaron encontrarse en la misma cafetería de la última vez, que no estaba muy lejos del departamento de ella.
Al volver a verse, ambos sintieron que había pasado una eternidad.
Desde que Eliana se había mudado de La Finca Mirador, cada vez pensaba menos en Manuel. E incluso cuando lo recordaba, ya no sentía ninguna emoción abrumadora.
En su memoria, Manuel siempre había sido el impecable, frío y altivo heredero del Grupo Romano. Pero el hombre que tenía frente a ella había perdido mucho peso. Tenía ojeras oscuras y una barba desaliñada que le daba un aspecto descuidado. Hasta el cuello de su camisa estaba torcido bajo el abrigo. Eso era algo que jamás habría ocurrido en el pasado.
Por su parte, cuando Manuel vio a Eliana, su respiración se cortó bruscamente.
Los hombros de Eliana, que antes solían ser frágiles y delgados, ahora lucían una figura más plena y hermosa. Su rostro tenía un brillo radiante, como si su tez fuera de porcelana, y sus ojos brillaban con una claridad tan profunda que parecían albergar un océano sereno.
—Eli, llegaste —saludó Manuel con voz ronca, empujando hacia ella un café Flat White, su favorito—. Recuerdo que te encanta este. Poca azúcar, mucha leche.
Eliana miró la taza y bajó la mirada. Era la primera vez que Manuel recordaba cómo le gustaba el café. ¿Acaso se había convertido en otra persona?

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada