Sin embargo, Regina Guerrero nunca fue alguien realmente importante. Este asunto apenas ocupó su mente por unos segundos antes de que lo dejara en el olvido.
—¿Qué estás mirando? —Una voz profunda y magnética resonó a su lado, acompañada por la inconfundible y fresca fragancia de César de Soto, que la envolvió de inmediato.
—Nada, solo los escándalos de Regina. Parece que alguien le tendió una trampa.
—Mhm —respondió César, con tono desinteresado.
Eliana se le quedó mirando fijamente.
—¿Qué pasa?
—Tú no tuviste nada que ver con esto, ¿verdad? —preguntó ella de repente.
Recordaba que César le había explicado cómo, aquella noche en el hotel, Regina había intentado drogarla, pero el plan se le había vuelto en contra y terminó siendo abusada por unos matones. César le había confesado en su momento que se habían guardado un as bajo la manga.
—¿Tan cruel te parezco? —César enarcó una ceja.
Él no haría algo así. No por consideración a Regina, sino por respeto a su relación con Don Octavio Guerrero.
—Como mucho, le habría enviado las pruebas directamente a Don Octavio y, de paso, habría llamado a la policía.
¿Acaso eso no era peor?
Eliana se quedó sin palabras. Si llamaba a la policía, considerando que Regina había intentado drogarla y contratado a esos delincuentes, pasaría de ser la víctima a ser la agresora frente a la ley.
Terminaría llorando tras las rejas de una prisión.
En comparación, el escándalo mediático actual no parecía tan terrible. Después de todo, la familia Guerrero ya había emitido un comunicado afirmando que el video era un montaje y que Regina estaba siendo difamada.
—Así que, te lo aseguro, no fui yo —dijo César, abriendo las manos en un gesto de inocencia—. Bueno, ya basta de hablar de gente irrelevante. La próxima semana tenemos que ir al hospital para otro chequeo.
Aprovechó el momento para sentarse y rodearla con sus brazos.


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