Al principio, haber perdido su capacidad reproductiva le parecía la humillación más grande de su vida, un secreto que lo carcomía por dentro. Pero ahora se daba cuenta de que, si lograba usarlo como un ancla moral para atar a Eliana a su lado, la idea de ser estéril ya no le resultaba tan repugnante.
Levantó la mirada y se encontró con los ojos atónitos de su secretario Gallardo, llenos de un respeto casi absurdo: *"Qué jefe tan imponente... hablar de su propia infertilidad sin siquiera pestañear".*
Pero Gallardo llevaba suficiente tiempo trabajando para Manuel como para saber qué comentarios guardarse.
Manuel se apresuró a pedirle al médico que le enviara una copia del diagnóstico, con una instrucción muy clara: eliminar la parte sobre «pérdida de motilidad de los espermatozoides» y dejar únicamente la conclusión clínica de «infertilidad».
Aunque era poco probable que Eliana lo descubriera por su cuenta, no podía arriesgarse a dejar ningún cabo suelto. Si ella se enteraba de que su infertilidad era producto del veneno que le habían suministrado y no de la herida, todo su plan se vendría abajo.
En el taller del Departamento de Arte, Eliana colgó el teléfono y continuó con sus investigaciones.
Gracias a su meticulosa observación, había confirmado sus sospechas: la técnica de restauración con IA que May utilizaba solo lograba que el lienzo luciera impecable durante un corto período. Era el equivalente a barnizar un pedazo de madera podrida; brillante por fuera, pero descomponiéndose a un ritmo acelerado por dentro. Los daños internos no se detenían, lo que significaba que la obra no solo no estaba restaurada, sino que sufría un deterioro irreversible.
Su misión para ese día era conseguir pruebas irrefutables.
Dirigió la mirada hacia May.
La experta en IA parecía estar hasta el cuello de trabajo. Encerrada en su oficina privada frente a la computadora, mantenía un rostro tenso y tecleaba con una rapidez frenética. Llevaba así toda la mañana.
Eliana se acercó y tocó la puerta suavemente.
May dio un respingo, casi asustada, y cerró la laptop de golpe.
Al ver que era Eliana, no pudo ocultar su evidente fastidio por la interrupción.
—May, ¿podrías dejarme ver nuevamente el Retrato del Académico Imperial que restauraste la última vez? —preguntó Eliana con tranquilidad.
A diferencia de la actitud colaboradora que había mostrado antes, May desvió la mirada y empezó a darle evasivas: —Esa obra... ya la mandé a la bóveda de almacenamiento después de que la viste.
—¿Te importaría ir a buscarla? Lo necesito.
—Es bastante complicado sacarla ahora. Si tienes alguna duda técnica, dímela y te la resuelvo aquí mismo —replicó May a la defensiva.
Esa actitud esquiva le dio a Eliana la última confirmación que necesitaba. Haciendo los cálculos, el Retrato del Académico Imperial ya debía estar mostrando señales avanzadas de deterioro por hongos a causa del tratamiento con IA.
Ante las ridículas excusas de May, Eliana esbozó una leve sonrisa, decidió no insistir más y dio media vuelta para marcharse.
En cuanto estuvo sola, May volvió a abrir su laptop de golpe. La pantalla estaba abarrotada de ventanas corriendo líneas de código incomprensibles. Sus dedos volvieron a volar sobre el teclado.
Era plenamente consciente de que Eliana sospechaba algo, pero ¿qué importaba? Ella contaba con el apoyo incondicional del director Jiménez. Su única misión era entregar las piezas «restauradas» para que la exhibición del Museo de Valdemar se inaugurara sin problemas.
Lo que pasara con esas antigüedades meses después le tenía sin cuidado. En su contrato firmado con Jiménez no había ninguna cláusula que la responsabilizara del futuro de las obras.

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