Ese Bentley era el modelo ejecutivo más exclusivo de la marca; en todo Valdemar apenas se contaban con los dedos de una mano. La probabilidad de que hubiera dos autos idénticos en la misma ciudad era ínfima. El vehículo que tenía frente a sus ojos era, sin lugar a dudas, el mismo que vio aquella noche.
La expresión de Manuel se ensombreció. Decidió quedarse ahí y esperar; quería ver con sus propios ojos quién diablos manejaba ese coche.
Todas las personas que asistieron a la licitación del Consorcio de Soto eran figuras de alto poder adquisitivo. Las familias de riqueza promedio ni siquiera tenían derecho a participar.
Cualquiera de los presentes ese día tenía los medios para conducir un auto como ese.
Pero no le importaba. Tenía todo el tiempo del mundo para esperar y descubrirlo.
De repente, sonó su celular. Era el mayordomo de La Mansión Romano.
—Señor, Paola ha regresado.
Había sospechado que Paola ocultaba algo, así que le había dado órdenes al mayordomo de avisarle en cuanto ella pusiera un pie en la casa.
—Entendido. Que espere ahí y vigílala. No dejes que vaya a ninguna parte hasta que yo llegue —ordenó Manuel. No podía volver a casa todavía; tenía que esperar al amante.
Sí, al amante.
Manuel recordó la llamada telefónica que había tenido con ese hombre. Le había dicho que era el novio de Eliana. En aquel momento no le dio importancia, pero ahora, recordando su tono, se daba cuenta de que cada palabra destilaba posesividad.
—Como ordene, señor.
Manuel esperó y esperó, hasta que casi todos se fueron.
Incluso vio salir a Ricardo Garza, quien le lanzó una mirada extrañada. ¿No había dicho que tenía una emergencia y debía irse rápido? Ahora resultaba que ya no tenía prisa.
Últimamente Manuel estaba muy extraño. Tal vez el tema del divorcio lo tenía exhausto física y mentalmente. Ricardo suspiró aliviado al pensar en lo inteligente que había sido al no dejarse arrastrar al torbellino del matrimonio.
Manuel seguía esperando. Pero el dueño del auto no apareció; en su lugar, recibió una segunda llamada del mayordomo.
—¿Qué pasa ahora? —contestó, incapaz de ocultar su irritación.
—Señor, Paola dice que va a renunciar. Quiere irse en este mismo instante.
—Vuelvo enseguida. —Estaba claro que ese día no iba a descubrir quién era el hombre.

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