César de Soto miraba fijamente a Manuel Romano con unos ojos oscuros, profundos y carentes de cualquier emoción.
La mano de Manuel quedó suspendida en el aire. La situación era tan incómoda que no sabía si dejarla extendida o retirarla.
Los presentes comenzaron a murmurar entre ellos: —El señor de Soto siempre ha sido inaccesible, nunca le pone buena cara a nadie. Me parece que Manuel va a hacer el ridículo esta vez.
Justo cuando Manuel sentía que no tenía escapatoria, César se movió.
Extendió la mano con lentitud calculada y estrechó la de Manuel con firmeza, posando la otra mano sobre su hombro. —Señor Romano, por supuesto que lo recuerdo. Por aquí, por favor.
En el instante en que sus manos se unieron, César aplicó una fuerza tan brutal que casi parecía querer triturarle los huesos.
Manuel sintió una punzada de dolor y contuvo el aliento, pero no se atrevió a mostrar debilidad en su rostro. Solo pudo forzar una sonrisa: —Señor de Soto.
César era imponente; esa opresión condescendiente que emanaba de él hizo que Manuel, a pesar de su figura esbelta y alta, pareciera encogerse a su lado.
La licitación comenzó oficialmente.
César empezó a exponer los detalles sobre el proyecto de reconstrucción del puerto de Valdemar.
Era un proyecto multimillonario que el Consorcio de Soto manejaría en su totalidad, pero necesitaban asociarse con otras empresas para las etapas posteriores. Por lo tanto, en esta licitación, la familia de Soto tenía el poder absoluto de decisión.
Un proyecto de miles de millones de pesos... La mayoría de los presentes jamás había visto tal cantidad de dinero en sus vidas. Sentían que la palabra «millones» se quedaba corta. Si lograban asegurar un lugar en la mesa, aunque solo fuera para recoger las migajas que dejara César, sería suficiente para garantizar la prosperidad de sus empresas y familias durante las próximas cinco décadas.
¿Acaso no era evidente? Incluso alguien de la talla de la familia Romano tenía que agachar la cabeza frente a César.
El pequeño altercado del principio fue rápidamente olvidado por todos.
La reunión consistía principalmente en la presentación del proyecto por parte de César, para que las empresas interesadas conocieran claramente los requisitos y pudieran preparar sus propuestas.
En el escenario, César irradiaba un aura de poder abrumador. Hablaba con una calma imperturbable y cada uno de sus movimientos destilaba inteligencia y determinación.
Esa presencia arrancó suspiros de admiración entre los asistentes. Manuel siempre se había creído invencible, pero al ver a César de Soto, comprendió que siempre habría alguien por encima de él.
Al verlo brillar en el escenario, Manuel recordó de pronto aquel día en que fue al apartamento a buscar a Eliana, solo para encontrarla escondiéndose detrás de César.
Si un hombre como él estuviera interesado... ¿Eliana sentiría algo por él?
No, imposible. Manuel desechó rápidamente ese pensamiento. Él mismo había visto a la amante de César antes. Había echado un vistazo por la rendija de la puerta; esa mujer tenía unas curvas envidiables, una figura despampanante, una belleza seductora y apasionada. Todo lo contrario a la naturaleza fría y terca de Eliana.
—Señor Romano, ¿qué opina? —La pregunta del hombre a su lado lo sacó de sus divagaciones.
—Disculpe, no escuché bien, ¿podría repetir la pregunta? —Manuel reaccionó de inmediato y la reunión continuó.
Desde el escenario, César tenía una vista perfecta. Notó cómo Manuel perdía el hilo de la conversación constantemente, y un destello de repulsión cruzó por sus ojos.
¿Ese era el hombre con el que la niña insistía en estar casada?
Al finalizar la reunión, todos se acercaron intentando congraciarse, pero César ni siquiera los miró y se dio la vuelta para marcharse.

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