Aunque aún no lo había comprobado del todo, los indicios apuntaban a una estrategia para hacerle creer que Eliana era la culpable. Un plan tan bajo y familiar solo podía provenir de una persona: Esther. No había nadie más.
Pero la verdad saldría a la luz pronto, así que no había necesidad de precipitarse.
Menos mal que su madre aún no sabía de los resultados; conociéndola, ya le habría echado toda la culpa a Eliana.
Al pensar en ella, la mirada de Manuel se llenó de una mezcla de melancolía y ternura.
Sin importar si Eliana se lo agradecía o no, esta vez él había logrado protegerla de todas las malas intenciones. Su infertilidad sería un secreto absoluto, no dejaría que nadie lo supiera.
—¡Achís! —Eliana, sentada en el asiento trasero del elegante Bentley conducido por César, estornudó de repente—. ¿Quién estará hablando mal de mí?
—¿Te resfriaste? —César giró la cabeza casi al instante, con los ojos desbordando preocupación—. Súbele a la temperatura del aire.
Eliana notó de inmediato la exagerada inquietud de César, lo miró con curiosidad y sonrió levemente: —Señor de Soto, solo estoy embarazada, no estoy hecha de cristal para que el viento me derrumbe.
—Nunca está de más cuidarse. —César bajó la mirada, ocultando el mar de emociones oscuras en sus ojos al recordar las crueles palabras del médico.
Cuando César le dijo que irían a una cita, Eliana se había ilusionado mucho.
El auto se detuvo poco después. Cuando César la tomó de la mano y llegaron a la taquilla, Eliana se quedó pasmada.
Era el zoológico.
¿Por qué César había elegido precisamente ese lugar? Ella había estado ahí no hacía mucho tiempo.
En aquella ocasión, la prensa especulaba que su matrimonio con Manuel estaba en crisis. Para no afectar las acciones del Grupo Romano ni el proceso de fusión empresarial, no le quedó más remedio que acompañar a Manuel a fingir ser la pareja perfecta.
Y fue precisamente allí, en el zoológico, donde se tomaron una serie de fotos "románticas" para cerrarles la boca a los periodistas.

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