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La doble vida de la esposa traicionada romance Capítulo 353

Manuel terminó la llamada y discutió con el especialista el plan de tratamiento a seguir.

—Señor Romano, el tratamiento debe hacerse paso a paso. Además de venir al hospital a recibir las inyecciones hormonales a su hora y cumplir con la medicación oral, es vital ajustar su alimentación —indicó el doctor mientras ingresaba la información en el expediente electrónico de Manuel—. Debe consumir más ostras, frutos secos, brócoli... todos esos alimentos. Algunas medicinas se toman antes de las comidas y otras después. No las confunda, o podría tener efectos adversos graves.

El médico le dio instrucciones detalladas, recordando de pronto que Manuel nunca se ocupaba de esas cosas personalmente. Con cautela, sugirió: —Señor Romano, sobre esto... ¿la señora está al tanto? Si ella lo sabe, le puedo enviar por mensaje todas las precauciones y recomendaciones alimenticias. Ella siempre ha sido sumamente cuidadosa con su salud. De hecho, los cuidados y la dieta tanto de su madre como de la abuela estaban a cargo de ella, y nunca se le escapó un solo detalle.

Por supuesto, al decir "la señora", se refería a Eliana.

Y a su madre y a su abuela, como parte de la familia Romano.

Cuando este mismo doctor atendía de cerca a Manuel, era con Eliana con quien más trato tenía. Recordaba que ella siempre traía una pequeña libreta en la que anotaba con precisión milimétrica la constitución física y las recomendaciones de cada uno. Las dietas, alimentos y horarios de las pastillas de toda la familia Romano estaban minuciosamente registrados por ella sin el más mínimo error.

Al recordarlo, no pudo evitar suspirar, aprovechando para halagarlo: —De verdad lo envidio. Tiene usted a una esposa maravillosa. No como la mía, que lo único que hace en todo el día es estirar la mano pidiendo la tarjeta.

El rostro de Manuel se ensombreció de inmediato y su voz se tornó gélida: —Mándeme las indicaciones a mi teléfono, y no se meta en asuntos que no le incumben.

Haber perdido a Eliana era algo de lo que ya se arrepentía profundamente; no necesitaba que los demás le recordaran, una y otra vez, lo maravillosa que era.

Sin embargo, quienquiera que estuviese moviendo los hilos en las sombras iba a pagar muy caro. La mirada de Manuel se volvió letal.

Tras salir del hospital, condujo directo a La Mansión Romano.

Nada más cruzar la puerta, le preguntó al mayordomo de confianza de su abuela: —¿Dónde está Paola, la empleada?

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