—Tres meses es demasiado tiempo. Creo que los jóvenes deben estar ansiosos por llegar al altar. Deberíamos hacer el anuncio el próximo mes —añadió César, inclinando ligeramente la cabeza. Esos labios tan perfectos pronunciaban palabras gélidas que destruyeron a Regina.
Incluso Simón demostró actuar muy bien:
—Señor y Señora Guerrero, es un placer. Les traje unos regalos. —Hizo entregar unas cajas lujosas y miró a Regina—. Regina, cuando trabajamos juntos en el pasado, quedé impresionado con tus habilidades. Me emociona la idea de pasar tiempo contigo y conocerte mejor.
Simón lo hizo de maravilla. Él había construido la división de arte en el país, y César ya estaba pensando en darle más responsabilidades.
Yolanda forzó una sonrisa e intentó aceptar los regalos, pero Regina se aferró a su brazo. Apretando los dientes, Regina negó levemente:
—Mamá...
Don Octavio dejó escapar un bufido. Regina estaba demasiado malcriada.
Ignorándolas, ordenó:
—Pidan la cena.
Durante toda la comida, Regina mantuvo los ojos fijos en César, buscando algún destello de esperanza. Pero a medida que avanzaba la velada, esa esperanza se apagó por completo.
César y Simón se despidieron para marcharse primero. César no había mirado a Regina ni una sola vez. Simón había captado todo el drama, pero no dijo nada.
Al salir, Simón encendió un cigarrillo, perdiendo la seriedad y soltando una sonrisa burlona.
—Primo, esa Regina no es una buena mujer. Me debes una muy grande.
Ya había trabajado con ella y le parecía insoportable y falsa.
—Tranquilo, no se va a quedar de brazos cruzados —respondió César con frialdad.
—Mejor para mí —rió Simón, y cambió de tema—. Oye, ¿qué fue tan importante como para que pagaras ese precio? ¿Acaso el gran César ya se enamoró?



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