—Por eso mismo vale la pena intentarlo —argumentó Manuel.
Ricardo asintió, dándole la razón: —Por supuesto.
Ambos sabían perfectamente a qué se referían. Un hombre como César de Soto, una vez que lograbas acceder a él, te abría puertas que valían infinitamente más que un simple proyecto.
Como si de pronto hubiera recordado algo, Ricardo lanzó al aire: —Por cierto, lleva a Esther contigo a ese evento. A fin de cuentas, estudió arte en el extranjero; le vendrá bien dejarse ver en este tipo de ambientes.
Manuel dudó por una fracción de segundo: —¿Sabe que últimamente ha estado quedándose conmigo?
Ricardo bufó con desdén: —Claro que lo sé. No tiene el valor de aparecerse por la casa y fue corriendo a buscarte. ¿No te está dando muchos problemas?
—Los síntomas del embarazo la han golpeado fuerte, el doctor le ordenó reposo absoluto.
Hubo un momento de silencio hasta que Ricardo soltó un suspiro, y su voz adquirió un tono más complejo: —Esa niña... la hemos malcriado desde pequeña y nunca piensa en las consecuencias de sus actos.
Hizo una pequeña pausa, y cuando retomó la palabra, su tono era notablemente más suave: —Estando en el extranjero, sin que nadie la vigilara, se juntó con malas amistades y terminó metida en este embrollo.
Dicho esto, levantó la mirada hacia Manuel, y su expresión se tornó más profunda: —Sé perfectamente que ahora eres un hombre casado. En teoría, ya no deberíamos involucrarte en los problemas de Esther.
Manuel levantó su taza de café, acarició el borde con el pulgar y se mantuvo en silencio.
Ricardo prosiguió: —Pero dada su situación actual, como su hermano mayor, no puedo dejarla a la deriva. Lo del bebé... no importa cómo lo veas, alguien tiene que asumir la responsabilidad.
—Le prometí que la cuidaría —aseveró Manuel con total convicción.
Ricardo lo evaluó con la mirada, dejando entrever un atisbo de algo más: —Siempre cumples tus promesas, confío en ti.
Tras una pausa, advirtió: —Sin embargo, ya que estás casado, hay ciertos límites que vas a tener que dejar muy claros.

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