Don Octavio dejó escapar un largo y pesado suspiro. Que la juventud lidiara con sus propios enredos, él ya estaba muy viejo para eso.
Manuel miró a su alrededor. —Si mi cuñado no está disponible... ¿Se encuentra Eliana en casa?
—Pues fíjate qué casualidad, tampoco está.
Lejos de molestarse, Manuel soltó una risa afable y relajada. —No se preocupe. Vendré a visitarlo en otra ocasión.
Al regresar a La Finca Mirador, Manuel arrastró su agotado cuerpo hasta el estudio y se sentó de inmediato para despachar la montaña de trabajo acumulado. Apenas se había acomodado cuando escuchó unos toques suaves en la puerta.
—Señor... —dijo Elena, asomándose tímidamente.
Manuel estaba rodeado por un aura lúgubre, y su tono denotó irritación: —¿No te dije que detesto que me interrumpan cuando estoy trabajando?
—Disculpe, señor. Es que... mientras limpiaba el cuarto de los trastos, encontré unas cosas que dejó la señora Eliana. Preferí venir a preguntarle antes de tirarlas a la basura —respondió la mujer con sumo cuidado, temiendo desatar su ira.
Cuando Eliana se marchó, dejó atrás prácticamente todo lo que se había comprado durante su matrimonio. Manuel había ordenado que nadie tocara sus cosas. Era su manera de engañarse a sí mismo, como si dejar la casa intacta significara que ella podría cruzar la puerta en cualquier momento.
Al principio, a Manuel no le importó escuchar que habían encontrado "cosas" de ella. A fin de cuentas, esa inmensa casa estaba llena de rastros de su presencia.
—¿Qué es? —preguntó sin interés, pensando que la mujer solo estaba haciendo un drama de la nada.
Elena sacó un fajo de fotografías polvorientas y desordenadas. —Son... son estas, señor.
Manuel echó una mirada distraída a la primera fotografía del montón. Era la imagen de una joven parada bajo la tenue luz anaranjada de un farol de la calle. Tenía los ojos ligeramente hinchados y enrojecidos, con una expresión de profunda amargura en su rostro, pero justo cuando miraba a la cámara, sus labios se curvaban en una leve sonrisa, como si al fin hubiera encontrado una pequeña chispa de esperanza en medio del vacío.
Era exactamente del día en que se conocieron. Aquella chica, con esa carita de estar a punto de echarse a llorar bajo el farol, le había recordado instantáneamente a Ei-ei, su pequeña amiga de la infancia.

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