Unas horas más tarde, Eliana Lamas acababa de bajar del avión.
Encendió la pantalla de su teléfono con cierta intriga, pero no había ni un solo mensaje nuevo. Según sus cálculos, una vez que César de Soto se enterara de su embarazo, debería haberla bombardeado a llamadas y textos. Sin embargo, su celular estaba inusualmente silencioso.
¿Acaso no había recibido el paquete? Abrió la aplicación de mensajería con el ceño fruncido y comprobó que el envío marcaba claramente: «Entregado».
«Seguro no ha tenido tiempo de abrirlo», pensó.
Lo que Eliana jamás imaginó fue que César, en ese preciso instante, ya estaba viajando en primera clase en el vuelo que salió justo después del suyo. Había ido a buscarla directamente.
El trayecto en avión había durado todo el día. Para cuando Eliana salió del aeropuerto, la noche ya empezaba a caer.
Al cruzar las puertas de la terminal, Pedro ya la estaba esperando. Apenas la vio aparecer con una pequeña maleta de mano y una mochila, corrió hacia ella con presteza. Le quitó el peso de encima con una actitud casi servicial, tratando su equipaje como si fuera de cristal.
Al mismo tiempo, le ofreció una botella térmica.
—Señorita Lamas, el vuelo debió ser agotador. Tome un poco de agua fresca, por favor.
Pedro siempre había sido muy educado con ella, pero al fin y al cabo era el chofer, no su mayordomo. Esa actitud tan exageradamente solícita la dejó desconcertada.
Asumió que, tras el incidente de su secuestro, el hombre simplemente estaba siendo mucho más precavido.
En realidad, horas antes, Pedro había recibido una llamada directa de César informándole del embarazo de Eliana, con la orden estricta de cuidarla y tratarla con extrema precaución en todo momento.
Dado que la última vez un descuido suyo casi le cuesta la vida a la pasajera, ahora que se le asignaba esta nueva tarea, pensaba cumplirla a la perfección. Era su gran oportunidad para redimirse.
Eso sí, se abstuvo de felicitarla por el bebé. Su jefe había sido muy claro: él mismo quería ser quien la felicitara «en persona».
Al regresar a la mansión Guerrero, Don Octavio estaba sentado en la sala de estar.
—Eliana, muchacha, ¿dónde te habías metido estos días? —Aunque Don Octavio no solía entrometerse en sus idas y venidas, no haberla visto en días ameritaba la pregunta.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: La doble vida de la esposa traicionada