Al ver el estado de Manuel, Ricardo comprendió la magnitud de la tragedia. Dejó escapar un suspiro pesado y le dio unas palmadas de consuelo en el hombro. En el silencioso despacho, solo se escuchaba la respiración irregular y entrecortada de Manuel.
Ricardo no quería ser el portador de malas noticias, pero no podía mentirle.
Tras un minuto de silencio, en el que Manuel pareció recuperar un poco el aliento, Ricardo habló con voz grave:
—No hay nadie en toda la familia Garza que se llame Javier Moreno.
¡Esther!
Fue como si a Manuel le hubieran drenado toda la sangre del cuerpo. Cayó desplomado en el sofá, golpeándose fuertemente el tobillo contra la base de madera, pero no sintió ningún dolor. El remordimiento lo destrozaba por dentro. ¡¿Qué demonios había hecho?!
¡Con razón Eliana lo miraba sin una pizca de afecto! ¡Con razón se había marchado sin mirar atrás! ¡Lo odiaría por el resto de su vida y con justa razón!
Su mente retrocedió al día del funeral de Vicente Lamas. Él había llegado del brazo de Esther, presumiendo frente a todos. ¿Qué sintió Eliana en ese momento? Seguramente, un odio visceral y absoluto hacia él.
Manuel se encorvó sobre sus rodillas y soltó una carcajada rota y espantosa. Y mientras reía, una lágrima silenciosa se estrelló contra el suelo.
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