Sofía escribía cada palabra con mucho cuidado. A medida que avanzaba, las lágrimas comenzaron a caer y salpicaron la pantalla de su celular.
No podía evitar el nudo en la garganta. Esa opresión que sentía en el pecho por fin encontró cómo desbordarse, y lo hizo con tal intensidad que las lágrimas le corrían sin control por el rostro.
Desde niña, Sofía había experimentado lo que era crecer sin el cariño de su padre, sin el amor de su madre. Aun así, siempre creyó que era una persona afortunada.
Todo por su abuela.
No importaba cuánta gente la despreciara o la rechazara, su abuela siempre se encargó de recordarle, con cada gesto, que era querida.
Pero, alguien tan buena como su abuela... ¿cómo pudieron? ¡¿Cómo se atrevieron?!
Sofía se agarró con fuerza el pecho, mientras el llanto salía junto con todo el dolor acumulado.
No iba a perdonar a esas personas jamás.
¿Qué importaban los problemas, las dificultades? Iba a hacer que todos ellos subieran tan alto como se pudiera, solo para después dejarlos caer con todo el peso. Dolor físico, sufrimiento psicológico, cada herida que pudiera infligirles, la devolvería sin piedad.
En la ventana de mensajes, el nombre de la matriarca seguía mostrando el aviso de [Está escribiendo...], como si escribiera y borrara una y otra vez. Al final, se hizo un largo silencio.
Por fin, apareció un mensaje.
[Bien, tu abuela está contigo, y la familia Santana también.]
Una calidez le llenó el corazón. Sofía se tocó la punta de la nariz, intentando disimular la amargura que sentía.
Qué bonito es esto.
Ahora tenía de nuevo una abuela.
Si su abuelita, desde el cielo, veía que su Sofi ya no estaba sola, seguro se sentiría muy tranquila.
[Pero, Sofi, convertirte en la heredera de la familia Santana no es cualquier cosa. Aunque por ahora no puedas mudarte a Santa Fe, tarde o temprano tendrás que hacerlo. Todo lo que viviste en Villa Laguna Olivetto, déjalo atrás, ya es pasado.]
La anciana lo escribió con especial cuidado. Sofía notó su preocupación, como si temiera que ella solo se quedara por vengarse de Oliver y los demás, así que contestó lo más rápido que pudo:
[Abuela, no se preocupe. Desde que usted se fue, aquí ya no hay nada que me ate. Apenas termine aquí, me iré a Santa Fe.]
Del otro lado, la abuela Santana asintió satisfecha ante la respuesta de Sofía, aunque nadie pudiera verla.
[Está bien. Pero en estos días deberías sacar un tiempo para venir a Santa Fe. La familia Santana no es pequeña y sus empresas tampoco; hay muchos viejos que están esperando conocerte.]
La abuela entrecerró los ojos, y en su mente aparecieron los rostros de esos “viejos zorros” de la familia, lo que le causó cierta inquietud.
[Si urge, puedo ir estos días. Yo me encargo de ir.]
[Perfecto, entonces tres días después. Estos días dedícate a cerrar lo que tienes pendiente.]
Ambas coincidieron de inmediato.
Cuando por fin dejó el celular, Sofía se dio cuenta de que Bea, en algún momento, se había quedado dormida abrazada a su brazo.
La carita de Bea era como una nube suave y dulce, de esas que uno quiere apretar. Sus labios, rosados y pequeños, parecían pétalos de flor.
A Sofía le pesaba el corazón.
Siempre andaba ocupada en mil cosas, y a veces sentía que no le daba a Bea el tiempo que merecía. Por suerte, Bea nunca reclamaba, ni se alejaba por eso.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera