—Pero, papi...
Olivia ladeó la cabeza, mostrando una expresión bien inocente, nada que ver con la actitud altanera y feroz que solía tener frente a Sofía.
Le preguntó, con una chispa de emoción y algo de malicia en los ojos:
—¿Ya le advertiste a Sofía?
Al notar la curiosidad en la voz de su hija, Mauro alzó una ceja.
—¿Quieres saber?
Olivia asintió sin parar, ansiosa.
Mauro soltó un bufido, y comenzó a relatar cómo, tras toparse con pared en el hospital, fue directamente a buscar a la familia Rojas para arreglar las cosas.
Cuando Olivia terminó de escuchar, abrió los ojos como platos.
—¡Esa Sofía sí que no tiene vergüenza! ¡Papi, fuiste tú en persona y aun así se puso sus moños!
El semblante de Mauro se tensó.
—Vaya que tiene carácter, pero quién sabe si tiene con qué respaldarlo.
Al escuchar eso, los ojos de Olivia se iluminaron, y una sonrisa traviesa empezó a dibujarse en su cara mientras miraba el rostro sombrío de su papá.
Sofía, pensó, te metiste con mi papá… ahora sí la vas a pagar.
—Por cierto, tu mamá ya está enterada de todo esto.
Mauro le lanzó una mirada de advertencia a Olivia.
—¿Eh?
La cara de Olivia se descompuso de inmediato.
En su casa, quien llevaba la batuta siempre había sido su madre. Jamás pensó que este asunto llegaría hasta ella. La familia Ardila ahora estaba en manos de su mamá, una mujer de carácter fuerte y siempre tan ocupada que casi ni la veía.
—Eso te pasa por andar haciendo las cosas a tu manera.
Mauro le dio un golpecito suave en la cabeza, y luego, con un brillo pensativo en los ojos, agregó:
—Aunque, mira, que tu mamá venga tampoco está tan mal. ¿No querías vengarte?
En cuanto escuchó eso, la cara de Olivia, que ya estaba toda apagada, volvió a brillar.
¡Claro! Si mamá estaba aquí, ¿cómo no iba a poder darle una lección a Sofía?
—Entonces...
El corazón de Olivia empezó a latir rápido, y miró a Mauro con ojos llenos de expectación, como si quisiera pedirle algo.
Pero Mauro la frenó en seco, adivinando al instante lo que pensaba.
—Ni se te ocurra con lo de Marcos.
Ahora, Marcos era uno de los científicos más destacados del mundo, protegido por gobiernos de varios países. Pretender presionarlo estaba fuera de cualquier lógica.
Toda la energía de Olivia se esfumó, y solo pudo murmurar:
—Bueno...
—Compórtate. Cuando llegue tu mamá, más te vale no hacerla enojar.
La advirtió Mauro.
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