Esther sostuvo la mirada de Sofía, como si buscara leer hasta el fondo de sus pensamientos antes de soltar la información que tenía guardada.
—Me enteré de algo. —Su voz era baja, pero cada palabra pesaba—. Resulta que hace poco la familia Ardila ya le había arreglado un encuentro a Olivia, solo que ella, a mitad del proceso, se encaprichó con Marcos. Por suerte, la familia Ardila quedó conforme con Marcos y la dejaron ir tras él, haciéndose de la vista gorda con su escapada.
El rostro de Esther lucía serio, y en sus palabras se notaba el cariño y la indulgencia que la familia Ardila tenía hacia Olivia.
Sofía captó de inmediato el mensaje oculto.
No solo había ignorado el gesto de Mauro, sino que tampoco les había prestado atención a ellos dos. Era probable que ahora se le viniera encima un buen lío.
Pero…
Sofía apretó el puño, recordando las palabras que alguien le había dicho tiempo atrás.
Jamás había sido la persona ingenua que Mauro describía, esa que se lanza de cabeza sin saber a lo que se enfrenta.
—No te preocupes. Si de verdad quiere meterse conmigo, tampoco voy a quedarme de brazos cruzados.
Esther la miró, se notaba que seguía sin estar del todo tranquila, pero al final asintió en silencio.
Así pasaron la tarde en la habitación del hospital, hasta que Esther pidió ayuda para acomodar a Sofía en la silla de ruedas, dispuesta a sacarla a tomar el sol.
Sofía se resignó ante la determinación de Esther, que la miraba con una mezcla de preocupación y autoridad.
No tardaron en aparecer en el parque que estaba frente al edificio de hospitalización. Lo que no esperaban era encontrarse ahí con Isidora Rojas.
Con los Santana ya lejos, Isidora mantenía su fachada amable, aunque la sonrisa que se dibujaba en sus labios tenía un aire incómodo, casi forzado.
Esther no dudó en ponerse delante de Sofía, cortando la mirada de Isidora.
—Señorita Rojas, no hay necesidad de ponerse así.
Isidora sonrió, abriendo los ojos para dar un aire de simpatía que se notaba fingido.
Sofía y Esther se mantuvieron inmutables.
—Hazte a un lado.
La voz de Esther sonaba firme, sin un ápice de cortesía, y con una sola mano dirigió la silla de ruedas para rebasarla.
El gesto indiferente de ambas tensó aún más la sonrisa de Isidora.
—Hermana, ahora que volviste con la familia Rojas, somos como de la misma sangre. ¿Por qué me tratas así?
Forzó una sonrisa, pero Sofía ni la miró.
Esther, viendo que Sofía no respondía, decidió ignorar por completo a Isidora y giró la silla en dirección contraria.
La sonrisa de Isidora se desmoronó. Apurada, se adelantó para bloquearles el paso.
Por fin, Sofía levantó la cabeza. Su mirada, impasible y cortante, atravesó a Isidora.
—Hazte a un lado, Isidora.

VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera