—Sofía...
La voz del hombre sonaba áspera, como si cada palabra le costara arrancarla del pecho.
Santiago apretó los labios. Sabía que no era el momento de provocar a Sofía, pero su cuerpo, terco, no respondió a la razón y avanzó casi sin darse cuenta.
Sin embargo, antes de que pudiera llegar a la cama, Alfonso reaccionó en un parpadeo y lo jaló bruscamente para ponerlo detrás de sí, tomando él la delantera con pasos decididos.
El rostro de Santiago se tornó sombrío.
A Alfonso pareció no importarle en lo más mínimo.
—¿Cómo sigue?
Los que venían a visitar se agolparon junto a la cama, todos ansiosos por ver a Sofía.
Sofía todavía tenía la mente algo nublada, sus pestañas temblaban suavemente y, mientras recorría con la mirada los rostros que la rodeaban, intentó forzar una pequeña sonrisa.
—No se preocupen, estoy bien.
Maite, siempre la más sensata, fue la que indicó que lo mejor sería que una enfermera llevara a Sofía de vuelta a su cuarto.
Una vez de regreso, el olor a desinfectante en el ambiente se había disipado un poco.
La conciencia de Sofía también comenzaba a esclarecerse.
Todos se apresuraron a entrar al cuarto, pero en la puerta quedó una figura solitaria, inmóvil.
Santiago apretó los puños. Ni siquiera encontraba el valor para cruzar la puerta.
Solo podía mirar hacia adentro, a través de los huecos y siluetas de los demás. Sofía era una imagen lejana, una sombra que deseaba alcanzar pero se desvanecía en sus manos.
—Ay, mi pobre niña...
Montserrat abrazó el brazo de Sofía, llorando desconsoladamente.
—Esta niña ya ha sufrido bastante, y ahora esto, un accidente de carro... Yo vine a Olivetto para apoyarla, para estar a su lado, y mira nada más, todavía ni llego bien y ya le pasa esto.
El abuelo Santana, por lo general más sereno que la abuela, tampoco dijo nada para detener el llanto de su esposa. Solo se quedó al margen, con la mirada llena de preocupación puesta en Sofía.
Con ambos abuelos bloqueando la entrada, la abuela Castillo se quedó en la periferia, observando la escena desde afuera.
Echó un vistazo a su nieto, Santiago, parado en la puerta como una sombra derrotada. De pronto, se sintió fuera de lugar.
Por suerte, Sofía se dio cuenta, y levantó la cabeza para mirarla con gratitud.
—Matriarca, gracias por haber traído a Bea personalmente, a pesar de todo lo que tiene que hacer.
Al escuchar esto, la abuela Santana dirigió a Bea una mirada llena de cariño.
—Ay, pero miren nomás qué chiquilla tan bonita, ¡igualita a su mamá!
La abuela abrazó a Bea, mientras el abuelo la miraba con ojos llenos de ternura.
El ambiente se tornó cálido por un momento.
La abuela Castillo también quiso sumarse.
—No fue nada, Sofía. Nuestra Bea lloró y pataleó todo el camino. Como si supiera que a su mamá le había pasado algo... Es una niña lista y muy sensible.


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