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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 686

De pronto, Sofía sintió un cálido resplandor sobre su cabeza. Alzó la vista y, entre la neblina del recuerdo, vio la silueta etérea de su abuela acariciándole el cabello.

—¿Te gusta él? Pues sí, es el genio más famoso del área de finanzas, dicen que ya casi no va a clases porque montó su propia empresa.

La imagen cambió y Sofía caminaba por los pasillos de la escuela con una amiga cuyo rostro no lograba distinguir. Las dos platicaban sobre un tal “Cárdenas”, el chico más sonado del lugar.

—Sofía, no sé qué trucos usaste para que la abuela me obligara a casarme contigo, pero entre nosotros solo hay una relación simple de esposos. No esperes que te dé cariño ni nada más.

Durante la noche de bodas, la habitación estaba tan vacía como el ánimo de Sofía. La luz que entraba por el ventanal resaltaba la palidez de su cara, y el silencio pesaba como nunca.

—¿De quién es ese hijo bastardo que traes en la barriga? Qué descaro el tuyo. Te empeñas en seducir al presidente Cárdenas, pero no dejas de enredarte con tu amigo de la infancia.

El viento se colaba por la pequeña ventana de la celda, helando los huesos. Sofía, acurrucada contra la pared, sentía dolor en cada rincón de su cuerpo. Con solo estirarse un poco podría alcanzar el ventanuco, pero no tenía fuerzas.

—Divorciémonos.

—Yo te voy a querer como si fueras mi nieta de verdad.

...

Todos esos momentos desfilaban ante sus ojos, tan nítidos que dolían.

Sofía se sentía atrapada en una especie de sueño-memoria, un baúl repleto de alegrías y tormentos.

La felicidad la envolvía como un abrazo tibio, pero no lograba perderse completamente en ella. El sufrimiento, por momentos, la empujaba al borde del abismo, y justo cuando creía que todo terminaría, algo la jalaba de vuelta.

Una lágrima silenciosa rodó por su mejilla.

En su vida hubo dulzura, aunque siempre corta y fugaz.

Todo le sabía amargo.

Estaba agotada.

Por un instante, solo deseó dormir y no despertar más.

—Bip... bip... bip...—

El monitor cardíaco instalado junto a su cama empezó a emitir un pitido urgente, sacudiendo la tranquilidad de la habitación.

Todos los presentes en la sala de hospital se quedaron boquiabiertos. Maite, presa del pánico, apretó el botón de emergencia mientras ordenaba a alguien ir por el doctor.

En un abrir y cerrar de ojos, la puerta se abrió de golpe.

El médico se acercó a toda prisa, revisó la situación y palideció.

—¡Rápido! ¡La paciente está en estado crítico, signos vitales en caída!

Agitó el brazo y, como si hubiera dado la orden de ataque, varias enfermeras entraron corriendo. Entre todas, desconectaron a Sofía y la llevaron directo al quirófano.

La tensión era tan densa que nadie se atrevía a decir nada más. Todos sintieron que el corazón se les apretaba, como si el mundo se tambaleara bajo sus pies.

Santiago, que ya venía arrastrando el cansancio, al escuchar el diagnóstico, casi se desmayó.

Alfonso no se quedó atrás; si uno se fijaba bien, la baranda metálica de la cama ya tenía una hendidura provocada por la fuerza de su mano.

—¿Cómo pudo ponerse tan mal de repente?

Montserrat sintió que la edad le caía encima de golpe, como si hubiera envejecido diez años en unos segundos y la energía la abandonara por completo.

Julia, muy inquieta, le sostuvo el brazo, pero ni ella misma sabía cómo consolarla.

Solo les quedó mirar, impotentes, cómo Sofía era empujada otra vez hacia el quirófano, con el rostro marcado de dolor.

Pasaron unos minutos hasta que una enfermera salió, se quitó la protección y habló con voz apurada.

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