—Ya sé, Maite y yo vamos a revisar las cámaras primero para ver cómo estuvo la cosa, tú apúrate y llega lo antes posible —dijo Esther, con una seriedad y determinación que contrastaban con su actitud despreocupada de antes.
Sin perder tiempo, cortó la llamada en el celular de Antonio, se cruzó de brazos y alzó una ceja.
—¿Y tú qué esperas? ¿Prefieres que el tipo se largue del Olivetto antes de hacer algo?
La cara de Antonio cambió de golpe. Se mordió los labios y se puso de pie.
—Las cámaras están aquí, síganme.
Normalmente, él y Esther eran como el agua y el aceite; cada vez que coincidían, terminaban discutiendo. Pero esta vez, aunque Esther seguía con ese tono cortante, Antonio no le replicó. Guardó silencio, tragándose las ganas de discutir.
Los llevó directo al estudio, donde ya estaba encendida la computadora mostrando las grabaciones de seguridad que él mismo había revisado antes.
—Salí a dar una vuelta, estuve fuera como dos o tres horas. Ese sujeto se disfrazó de repartidor, y apenas me fui, no habían pasado ni cinco minutos cuando se topó con Lázaro y lo hizo salir del lugar junto con su esposa.
Hablaba con el remordimiento atorado en la garganta. Cada palabra le pesaba más, y el arrepentimiento casi lo ahogaba. Sus manos estaban tan apretadas que los nudillos se le pusieron blancos.
Maite y Esther ya se habían sentado frente a la computadora, concentradas en la pantalla, sin parpadear.
—Espera —soltó Esther, frunciendo el ceño como si hubiera notado algo fuera de lugar.
Maite detuvo el video de inmediato con un clic.
La imagen quedó congelada justo cuando Lázaro y su esposa subían al carro uno detrás del otro, y el supuesto repartidor se alejaba del lugar.
—Aquí —señaló Esther, su mirada se volvió más aguda y apuntó con el dedo a un rincón oscuro de la imagen—. ¿Puedes aclarar esta parte?
—Déjame ver —dijo Antonio, contagiado por la tensión del momento, y se apresuró a ajustar el brillo de la pantalla.
A medida que la imagen se hizo más clara, Esther sujetó el brazo de Antonio para que no moviera nada más.
—Ahí está, la placa del carro —dijo, tocando la pantalla con firmeza.
Maite y Antonio, que aún estaban medio perdidos, dirigieron la vista al punto que ella indicaba, y al fin distinguieron varios números y letras donde antes solo se veía un manchón.
Maite sacó su celular y tomó una foto.
—Voy a pasarle esta placa a...
Pensó de inmediato en la policía, pero se detuvo. Todo lo relacionado con Lázaro lo habían manejado en secreto. Meter a la policía podría arruinar sus planes.
Se mordió los labios, dudó unos segundos y se dirigió a Esther:
—Tú y Antonio sigan revisando las cámaras, a ver si encuentran algo más. Yo voy a hablarlo con Sofía.


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