—¿Puedes escucharme antes de irte? ¿Por favor?
Su voz ya no era la de siempre; por primera vez, Santiago sonaba suplicante.
Sofía se quedó helada. Después, giró despacio la cabeza, mirándolo con una expresión impenetrable. Sus ojos, tan distantes que daban escalofríos, parecían querer congelar todo a su alrededor.
—Presidente Cárdenas, le ruego que se mantenga en su lugar. Y por favor, no me busque más.
En sus palabras se percibía un filo severo, incluso desprecio.
Santiago soltó un poco la presión de sus dedos, sus ojos se agitaron, oscuros y turbios.
Aprovechando que el agarre cedía, Sofía intentó zafarse girando la muñeca.
No esperaba que, justo en ese momento, Santiago se aferrara más fuerte, casi desesperado, impidiéndole marcharse.
—Déjame hablar, Sofía. Cuando termine, te dejo ir. No volveré a molestarte. Dijiste que necesitabas averiguar una placa, ¿no? Puedo pedirle a alguien que te ayude. Lo que necesites, yo te ayudo. Confía en mí…
—¡Pa!
El eco de la bofetada retumbó en la habitación, desmoronando toda la apariencia de calma que Sofía había mantenido. Su mano cruzó el aire y aterrizó en la mejilla de Santiago con fuerza.
—¡Sofía! ¿Qué te pasa? ¿Te volviste loca?
El sonido del golpe retumbó en el repentino silencio.
Nieve Urdiales, fuera de sí, se lanzó sobre Sofía, intentando jalarle el cabello. Pero Sofía la apartó de un empujón, estrellándola contra la pared. El rostro de Nieve se arrugó de dolor.
Por fin, Sofía miró de frente a Santiago, con una dureza inquebrantable en los ojos.
—Santiago, te lo repito: lo nuestro ya terminó. Tus asuntos no me interesan. Si vuelves a interponerte en mi camino, tampoco me va a temblar la mano contigo.
Al decir esto, lanzó una mirada helada a Nieve, que se encogía en la esquina con el brazo abrazado, haciendo muecas de dolor, y después volvió la vista a Santiago, quien captó la advertencia.
Santiago, aturdido, titubeó y casi se desplomó en la cama. Mordió los labios con tal fuerza que sintió el sabor metálico de la sangre en la boca. Cerró los ojos. De inmediato, parecía que toda la luz se le había apagado.
Sofía, dándole la espalda, se dirigió a la matriarca con un gesto respetuoso.
—Disculpe, tengo algo urgente que atender. Es muy tarde y no puedo llevarme a Bea, ¿podría quedarse con ella esta noche? ¿Le molestaría ayudarme a cuidarla?
La matriarca, que había presenciado el enfrentamiento, no sabía cómo sentirse. Pero al escuchar que Bea se quedaría, se relajó por completo y asintió con entusiasmo.
—No te preocupes, yo misma me quedaré en tu cuarto para cuidar a Bea.


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