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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 624

Después de ayudar a Sofía esta vez, él tenía planeado irse del país, y quizás, con suerte, no volvería nunca más a Nueva Castilla. Incluso le repitió varias veces a su jefe, casi poniéndose terco, que no permitiría que lo enviaran como su asistente.

Todo era culpa de Sofía, esa mujer tan astuta. ¿Cómo podía ser que Marcos, con tantas opciones, se interesara tanto por ella, después de que Santiago, ese tipo que solo pensaba en el dinero, la dejara?

Olivia se sentía inconforme y llena de resentimiento, echándole toda la culpa del trato frío de Marcos a Sofía.

—Seguro está con ella —masculló con rabia, como si cada palabra pesara toneladas.

...

Mientras tanto.

Alfonso y Federico estaban cara a cara.

Uno no podía dejar de frotarse las manos, nervioso, mientras el otro lo miraba de reojo, sin ganas de disimular su molestia.

Por precaución, Sofía le había encargado a Federico que acompañara a Alfonso, y Lázaro y su esposa se fueron con Liam y Antonio.

¿Y ahora tenía que hacerse cargo de un niño?

Alfonso sentía que le daba dolor de cabeza solo de pensarlo. Se sobó la frente y soltó:

—Te vas a quedar conmigo en el hotel. Y ni se te ocurra andar por ahí de vago.

Federico asintió, obediente y tímido, sin decir una palabra.

Alfonso siguió dando instrucciones, todas sin mucha importancia, y Federico seguía haciendo que sí con la cabeza, callado, sin chistar.

Eso, para Alfonso, era aburrido.

Ese niño, la verdad, no era tan simpático como Bea.

Bea era pequeña, pero parecía una zorrita de esas que entienden todo, linda, delicada, y cuando jugabas con ella, te miraba con esos ojazos y soltaba una risita que te alegraba el día.

—Oye, ya llevas un rato en Villas del Monte Verde, ¿no?

Se tocó la barbilla, pensando que ni él mismo había estado tanto tiempo en ese lugar. Sintió un poco de celos.

Le echó un vistazo a Federico de arriba abajo, motivándose por dentro.

—Tú debes conocerla un poco, ¿cierto?

Como si se le hubiera prendido el foco, Alfonso se inclinó de repente, los ojos, antes apagados, ahora con una chispa de interés.

Federico, sorprendido por la cercanía, se quedó quieto un segundo. Luego, con mucha seriedad, contestó:

—A la señorita Sofía le gusta el color azul, prefiere los lirios, no le gusta el ajo, la cebolla ni el jengibre, tampoco le gustan...

Alzó los ojos, pensando en más detalles.

Alfonso enderezó la espalda y murmuró para sí:

—Le gusta el azul, anotado. ¿Lirios? Hay que comprarle unos. ¿Ajo, cebolla y jengibre? —Hizo una mueca—. Yo tampoco los aguanto.

Emocionado, Alfonso fue guardando cada dato que Federico le daba. Por ese rato, hasta pensó que ese niño tenía su utilidad.

Así se la pasaron un buen rato, compartiendo información, como si armaran un plan secreto.

...

En Villas del Monte Verde.

Primero, Sofía le pidió a Alfonso que se llevara a Federico. Apenas salieron, Marcos y la pareja de Lázaro, que estaban escondidos en el segundo piso, bajaron también.

Después de tanto esperar, por fin habían podido ver a su hijo. Aunque ya se iba, sus miradas seguían pegadas a la puerta, viendo cómo Federico volteaba una y otra vez antes de salir.

—Ya basta —interrumpió Sofía, dando un pequeño golpe de tos para traerlos de vuelta.

Lázaro y su esposa giraron la cabeza, todavía con la nostalgia a flor de piel.

—¡Señorita Sofía! —exclamó de pronto la esposa de Lázaro, y hasta se inclinó, como si quisiera arrodillarse ante ella.

Intentó tomarle la manga a Sofía, pero Esther, que estaba al tanto, le metió un pisotón para detenerla.

El gesto dejó a la señora Blanco helada. Miró a Esther, sorprendida.

—¿Tú...?

Sofía, ni se inmutó. Hasta parecía que aprobaba lo que hizo Esther.

¿Ir a la cárcel y ya? ¿Eso era todo? Si fuera por eso, Sofía ya estaría muerta del dolor en alguna esquina.

Sofía la miró sin compasión, fría y dura.

A un lado, Esther se puso firme como si fuera la guardiana personal de Sofía.

No soportaba los chantajes emocionales.

No era cuestión de llorar y esperar que todo se arreglara. Ni de pedir perdón con cara de víctima y querer salir impune.

Esther soltó:

—La ley es la ley. No hay manera de evadirla.

Con esas palabras, la cara de la señora Blanco perdió todo color y la esperanza se le fue de los ojos.

Sofía ni siquiera la miró más. Su atención era para Lázaro.

—Cuando entres a prisión, me encargaré de que a tu esposa y a tu hijo no les falte nada. Claro, si prefieres huir, puedo pedirle a Marcos que te regrese a la fábrica, igualito que antes.

La voz de Sofía sonó tan serena y firme, que el ambiente se volvió tenso, como si cayera una helada de otoño.

Lázaro sintió un escalofrío y recordó los días de sufrimiento en la fábrica.

Apretó los labios.

—¿Qué quieres que haga? —dijo, resignado.

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