Marcos no se quedó atrás y en ese instante, sus ojos se tornaron tan helados como el hielo en la madrugada. Casi podía sentirse la escarcha cubriendo su mirada.
¡Cómo se atrevía ese tipo a engañarlos!
Lázaro, sintiendo el cambio de ambiente detrás de él, apretó la mandíbula y bajó la cabeza para salir corriendo a toda prisa.
En el fondo, él sabía que Sofía era una persona sensata; su esposa y su hijo estaban bajo el cuidado de ella, así que seguramente estarían a salvo. Pero él… era otra historia.
Eso de hacerse responsable ante la ley sonaba sencillo, pero no quería ni pensarlo. Apenas y llevaba unos días en la fábrica y ya sentía que la vida se le escapaba; si lo mandaban a prisión, entonces sí que prefería no haber nacido.
Cuando por fin creyó que había logrado escapar, y hasta le pareció que el bullicio a sus espaldas se había disipado, justo cuando estaba por relajarse, sintió una mano fría apoyarse en su hombro, como si fuera lo más normal del mundo.
Lázaro se estremeció por completo, las piernas le flaquearon y estuvo a punto de derrumbarse ahí mismo.
Marcos lo sujetaba del hombro con una mano como si fuera de acero, sin mostrar piedad.
El miedo empezó a invadirlo, pero antes de que pudiera siquiera forcejear, Marcos sacó —no se supo de dónde— una jeringa y, sin pensarlo, se la clavó en el cuello.
Lázaro quiso gritar, pero la voz se le quedó atorada en la garganta. En lo que dura un suspiro, todo comenzó a dar vueltas y terminó desplomándose al suelo.
Esther, jadeando por el esfuerzo, alcanzó a ver cómo Marcos arrastraba a Lázaro del cuello de la camisa, como si fuera un costal de papas.
—¡Por poquito y me echas todo a perder! —espetó Esther, rechinando los dientes mientras le soltaba un par de patadas a Lázaro.
Marcos, en cambio, se veía serio, atento a cualquier ruido del otro lado del muro.
—Con el escándalo que armó hace rato, no sé si los guardias ya sospecharon algo. Hay que largarnos cuanto antes.
Esther, que en ese momento también se puso seria, asintió con fuerza.
—¡Muévanse!
La luna estaba justo en lo alto cuando un carro partió en silencio, deslizándose como una sombra en la noche.
...
La esposa de Lázaro miraba atónita al hombre inconsciente en el asiento trasero, los ojos llenos de lágrimas amargas.
—Ya no llores. Si él no hubiera sido tan necio, ¿crees que estaríamos así? —comentó Esther, masticando un dulce y lanzando una mirada desdeñosa hacia Lázaro.
Lanzó una mirada seca a la mujer.
La esposa de Lázaro, con el corazón hecho un nudo, entendió que ya no podía seguir suplicando. Se recargó en el asiento, mordiéndose los labios, sin atreverse a decir nada más.
...
El carro avanzó hasta llegar a Villas del Monte Verde. La puerta del jardín estaba abierta de par en par, y Sofía esperaba justo en la entrada.
En cuanto el vehículo se detuvo, Federico se asomó con nerviosismo y esperanza, buscando en el asiento trasero. Tal como lo imaginaba, ahí estaban sus padres, después de tanto tiempo.
No pudo evitar lanzarse en un abrazo. Lázaro, todavía inconsciente, fue bajado con ayuda de su esposa.
Federico, al ver a su papá en ese estado, levantó la mirada preocupado hacia Marcos y Sofía.
Sofía, a su vez, miró a Marcos con un gesto inquisitivo, buscando una explicación.
—Apenas salimos de la fábrica, intentó escapar. Le puse una inyección —respondió Marcos, sin apartar la vista—. Es anestesia. No tiene efectos secundarios.

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