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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 608

Las palabras de Hernán se quedaron a la mitad.

Marcos apretó los dedos y, en ese instante, el rostro de Benito se puso tan rojo como un pedazo de hígado. Hernán, al ver aquello, palideció y, con las manos temblorosas, suplicó:

—¡Ya me callo! ¡Ya me callo!

Después de todo, ese era su único sobrino, el consentido de su hermana, el niño mimado por el que ella le había pedido mil veces que lo cuidara. No podía permitir que le pasara nada bajo su vigilancia.

Marcos apenas lo volteó a ver, y Hernán, entendiendo al vuelo, arrastró la silla que estaba frente a él y la colocó justo detrás de Marcos. De paso, le acomodó otra a su sobrino, que seguía hecho un mar de lágrimas.

Tras hacer todo eso, Hernán regresó a su asiento. Ya no tenía ese aire altivo de la primera vez que vio a Marcos. Ahora hasta se notaba un poco nervioso y andaba con pies de plomo.

—¿Pero… qué está pasando aquí? —preguntó, moviendo la mirada entre Marcos y Benito, que le lanzaba miraditas en busca de ayuda.

—Con razón mi sobrino no deja de hablar de Lázaro últimamente. ¿O será que quiere saber algo de él? —aventuró Hernán, tanteando el terreno y dándose cuenta de que la situación era mucho más compleja de lo que pensó.

No en vano se había abierto camino en la fábrica por su propia cuenta. Atando cabos, Hernán empezó a sospechar que el tipo que tenía enfrente no era cualquier don nadie. Su porte, su forma de mirar, hasta la manera en que se sentaba… Todo gritaba que venía de otra liga. Y su sobrino, tan desafortunado, se había metido justo con alguien así.

Marcos, al notar que tenía delante a alguien que no era ningún ingenuo, no quiso perder más tiempo. Levantó la mirada y finalmente soltó a Benito.

En cuanto sintió que la presión sobre su cuello desapareció, Benito abrió los ojos de par en par y corrió directo hacia su tío, buscando protección.

Entre lágrimas y mocos, se quejó:

—¡Tío, ayúdame! ¡Se metió en el cuarto que me diste, me dio una paliza! ¡Mira cómo me dejó la nalga!

Y diciendo eso, se limpió las lágrimas y estuvo a punto de bajarse el pantalón para mostrar las pruebas. Hernán, horrorizado por la escena, le pegó en la mano y lo detuvo de inmediato.

Sintió la boca seca, tragó saliva y bajó la cabeza, evitando mirar a Marcos, que seguía observándolo con unos ojos que metían miedo.

No le cabía duda: ese tipo no venía en son de paz.

Lázaro.

El nombre le retumbó en la cabeza.

Había escuchado que ese sujeto era el verdadero dueño de todo, el que lo había mandado a supervisar la zona dos. Por eso mismo, desde el principio, se había mantenido alerta. Nunca pensó que, por saber de más, acabaría metido en semejante lío.

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