Benito le sonrió a Marcos con una expresión de esas que intentan apaciguar, mientras con la mano derecha, que tenía escondida detrás de la espalda, se sobaba disimuladamente la parte trasera.
No pudo evitar que su mirada terminara en las piernas de Marcos.
¡Si parecen palillos! ¿Cómo puede patear tan fuerte y doler tanto?
Por dentro, Benito tragó saliva y sintió una punzada de desesperación. Solo le faltaba ponerse a llorar.
Marcos por fin soltó el cuello de su camisa y entrecerró los ojos, echando un vistazo hacia el interior del lugar.
Miró de un lado a otro, buscando con la mirada, pero no halló ni rastro de la persona que buscaba.
Estiró la mano y de nuevo atrapó el cuello de Benito, justo cuando este ya empezaba a relajarse.
—Busca a tu tío, o márcale y pregúntale dónde está Lázaro ahora mismo.
El rostro de Marcos no mostraba emoción alguna, pero la tensión en su mandíbula bastaba para provocar escalofríos.
A Benito le dolió de nuevo hasta el recuerdo del último regaño.
—Va, va, ya...
Refunfuñando y apretando los dientes, se dispuso a llamar a su tío. Traía la rabia atorada, pero ni tiempo de quejarse tuvo, porque la mirada de Marcos le atravesó el alma.
Rápido cambió el tono y tragó su tristeza.
—Tío, ¿te acuerdas de Lázaro, el de antes? ¿Dónde está ahora en la zona dos?
—¿Y para qué quieres saber eso? —tronó la voz de su tío, ronca y áspera al otro lado de la línea—.
—¡Ay, tío! Solo te estoy preguntando, ¿apoco ya olvidaste que le prometiste a mi mamá que me ibas a cuidar?
—Todo el día preguntando esto y aquello, parece que me ves cara de genio concededor de deseos —resopló su tío, cada vez más malhumorado.
Benito encogió el cuello, le echó una mirada nerviosa a Marcos y lo vio levantar una ceja, clavando la mirada justo en el lado izquierdo de su trasero.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
—¡Tío, por favor!
—Toc, toc—
—Adelante.
Marcos abrió la puerta y, apenas entraron, la cerró y la aseguró con llave.
Adentro, Hernán estaba sentado frente a la mesa, rodeado de humo de cigarro y una taza de café a medio terminar. En cuanto los vio, el corazón le dio un brinco. La expresión de Marcos, seria y dura, no auguraba nada bueno.
—¿Tú quién eres? —soltó Hernán, con voz áspera, mientras intentaba ponerse de pie.
Solo entonces se dio cuenta de que ese tipo tenía sujetado a su sobrino de la nariz.
—¡Benito! —exclamó, y de golpe se levantó, provocando que la silla se fuera hacia atrás con un estruendo.
Marcos frunció el ceño.
—Si armas mucho escándalo...

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