Sofía sentía la cabeza a punto de explotar. Se frotó el entrecejo y suspiró:
—Eso pasó cuando éramos unos niños, ni siquiera recuerdo ese supuesto compromiso. Si me estás diciendo que por eso tengo que quedarme aquí, yo de verdad no le veo sentido.
—¿Así que te quieres desentender? —Jasper la miró con los ojos bien abiertos, como si acabara de escuchar que su corazón, ya hecho pedazos, se pulverizaba ahí mismo.
Sofía frunció los labios, incómoda:
—Yo no sabía nada de eso, tampoco lo acepté. Y, aunque fuera cierto, ahora ya crecimos, lo que pasó de niños ya no debería importar.
—¡Claro que importa! —Jasper alzó la voz, como si quisiera aferrarse a una esperanza que se esfumaba. Sus ojos se clavaron en Sofía, suplicando. Quiso acercarse para sujetarla, pero Alfonso se interpuso y, de un manotazo, lo apartó:
—¿No escuchaste? Ella ya dijo que no cuenta.
La mirada de Alfonso era una amenaza silente, dura y cortante, como si quisiera dejar claro que ahí no había espacio para discusiones. Jasper, por un segundo, pareció encogerse.
El ambiente se puso tenso de golpe. Sofía notó que era cuestión de segundos para que todo estallara. Estiró el brazo y, antes de que Alfonso pudiera decir algo más, le dio una patada directa:
—Tú también, lárgate de regreso a tu hotel.
Alfonso se quedó de piedra.
—…
La puerta se cerró de golpe tras él —¡pum!—, y Alfonso, boquiabierto, parecía no entender cómo había terminado del otro lado, sumido en el desconcierto.
Pero ni tiempo tuvo de recomponerse la situación, porque Jasper, que todavía no se resignaba, se animó a decir algo más.
—¡Pum!—
Esther y Maite se miraron, y luego asintieron. La solución de Sofía les sonó lógica y contundente.
—Listo, yo me encargo de avisarle a Marcos —dijo Maite, poniéndose de pie y yendo al despacho.
...
Al quedarse el salón en silencio, Esther echó un vistazo a su alrededor. Solo estaban ella, Sofía y Bea. Al ver la puerta cerrada, bajó la voz, y con una sonrisita de complicidad, se acercó a Sofía:
—Sofi, la neta, Jasper parece medio torpe, pero de tonto no tiene un pelo. ¿Por qué no le das una oportunidad? Eso de crecer juntos tiene su encanto, ¿no crees?
Sofía la miró de reojo, divertida y resignada:
—¿Y yo qué? Si lo saqué, fue porque tú misma lo pateaste hace un rato.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: El Valiente Renacer de una Madre Soltera