Las palabras de Xavier estaban llenas de veneno, tan directas que era imposible no notarlo. Gisela arrugó la frente y soltó:
—¿Qué tonterías estás diciendo?
Xavier la miró por un buen rato, como si intentara adivinar si le estaba ocultando algo. Una risa burlona y sin sentido escapó de sus labios.
—Me equivoqué, vine dos veces y las dos veces él estaba aquí. Cuando tienes oportunidad de que alguien te consuele y tu relación avance, ¿por qué Nelson nunca se pierde?
Gisela frunció el ceño aún más, la molestia pintada en su cara.
—Xavier, entre él y yo no pasa nada de lo que dices. ¿Te das cuenta de lo que estás diciendo?
Le salió el comentario sin pensar, con un tono seco y cortante.
Apenas terminó de hablar, Gisela se arrepintió. Justo hacía unas horas se había prometido que trataría mejor a Xavier, pero ahí estaban de nuevo, al borde de discutir.
Suspiró, tratando de calmarse, y miró a Xavier, quien mantenía esa expresión impasible.
Respiró hondo y, cuando volvió a hablar, su tono se suavizó bastante:
—Xavier, ¿podemos platicar bien, sin pelear?
Pero Xavier no mostró ninguna emoción, seguía tan serio como al principio.
—¿Platicar de qué? ¿De por qué estabas abrazando a Nelson? ¿De por qué bajaste a caminar con él y todavía se te ocurre pasar justo frente a mí como si quisieras presumirlo?
A Gisela le hervía la sangre, le costaba controlar su mal genio, y otra vez arrugó la frente. Pero esta vez, en vez de explotar, se obligó a contar hasta diez en su cabeza antes de contestar.
—Mira, entre Nelson y yo no pasa nada de eso que te imaginas.
Xavier no tardó ni un segundo en revirar:
—Entonces explícame.
—Bajé con él, pero no era porque quisiera pasear con Nelson. Es que vi que no venías, que estabas allá abajo y no subías, y no había nadie que me ayudara, la enfermera no estaba, así que le pedí a Nelson que me ayudara. Bajé para buscarte, pero cuando llegué, tú ya te habías ido.
—Después de eso, subí de nuevo. Nada de paseos ni nada por el estilo.
Mientras Gisela hablaba, notó cómo el semblante de Xavier cambiaba, como si cada frase le sacara un peso de encima. Cuando terminó, el brillo en sus ojos era inconfundible, y hasta parecía que iba a ponerse a saltar de la emoción.
—¿Entonces bajaste solo para buscarme?
¿Así de fácil se convencía?
Gisela pensó por un momento que no podía ser tan sencillo, pero asintió:
—Sí, bajé para buscarte. Pero te fuiste y ni siquiera me dijiste nada.
Xavier, en ese momento, parecía un cachorro gigante, a punto de mover la cola de la felicidad si la tuviera, tan transparente y entusiasmado que a Gisela se le escapó una pequeña sonrisa.

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