Pero con Gisela era distinto; compartir el mismo espacio con Nelson la hacía sentirse incómoda.
Hace unos minutos, ya le había insistido a Nelson para que se fuera.
Nelson se negó, y lo hizo con toda la confianza del mundo.
En esta ocasión, Nelson guardó el celular, levantó la cabeza para mirarla y le preguntó con voz baja:
—¿No quieres que me quede aquí?
Esa pregunta la puso en aprietos. Si respondía que sí, no sonaba bien; si decía que no, parecía que deseaba que Nelson se quedara.
Gisela simplemente se recostó de nuevo, subió la cobija hasta la barbilla y dijo:
—Ya me voy a dormir.
Nelson la observó por un momento, luego se puso de pie y salió sin decir nada más.
Cuando Gisela se aseguró de que Nelson ya se había ido, volvió a incorporarse y sacó el celular de debajo de la almohada para revisarlo.
Había enviado un mensaje a Xavier hace rato: [¿Vas a venir esta noche?]
Ya habían pasado más de diez minutos y Xavier no le había respondido.
Rara vez se sentía tan inquieta.
Xavier estaba molesto con ella.
En cinco años juntos, sí habían tenido discusiones y enojos, pero eran tan pocos que se podían contar con los dedos de una mano.
Pero nunca habían estado en una situación como esta.
Ni contestaba el teléfono, ni respondía los mensajes. Xavier se veía de verdad enojado.
A Gisela la situación le parecía complicada, no sabía cómo arreglarlo.
Miró la pantalla con el mensaje sin respuesta, arrugando el entrecejo.
Después de un rato, dejó el celular a un lado y se quedó acostada mirando el techo, sumida en sus pensamientos.
...
Los recuerdos del accidente seguían persiguiéndola.
Desde que despertó, Gisela había evitado recordar los detalles, queriendo encerrar ese dolor en lo más profundo de su mente.
Ante todos, se mostraba tranquila, siempre contestando con claridad a cualquier pregunta.
La policía se preocupó por su estado de ánimo y le preguntaron si necesitaba ayuda psicológica, temiendo que sufriera de estrés postraumático. Ella les aseguró que estaba bien.
La preocupación tenía sentido: Saúl, que estuvo en el accidente con ella, sí presentaba síntomas de estrés postraumático. Apenas hablaba y todas las noches tenía pesadillas con el choque.
Su familia no tardó en buscarle un psicólogo.
Gracias a la terapia, la situación de Saúl mejoró un poco.
Cuando Delia y Aitana supieron lo de Saúl, también intentaron conseguirle un psicólogo a Gisela, pero ella se negó educadamente.
Después de un día de observación, nadie a su alrededor notó nada extraño en ella.
Pero por la noche, cuando Gisela al fin se quedó dormida, los recuerdos del accidente de Fabi, su hija, y el suyo propio comenzaron a entremezclarse en su mente. Imágenes de sangre por todos lados, el sonido de los vidrios rotos, el olor metálico que parecía impregnar el aire. Todo volvía y la envolvía, como si la pesadilla nunca hubiera terminado.

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