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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 731

Aitana le tomó la mano con fuerza, aspiró un poco y preguntó:

—Gisela, ¿te sientes mal en algún lado? Si quieres, voy a llamar al doctor.

Gisela le respondió con suavidad:

—No, no te preocupes. Estoy bien.

Delia intervino con una voz que todavía sonaba asustada:

—Gisela, ¿por qué dormiste tanto rato? Casi me da un susto de muerte.

Gisela soltó una risa resignada:

—Todavía sigo aquí, así que no se asusten por nada.

En realidad, al principio sentía algo de sueño, pero después de esa pequeña discusión con Xavier, terminó mucho más despierta que antes.

Las tres se pusieron a platicar, pero conforme pasaban los minutos, la cabeza de Gisela se sentía cada vez más pesada y no podía evitar que los párpados se le cerraran.

De repente, Delia mordió su labio y se acercó a ella para susurrarle:

—Gisela, ¿te vas a dormir otra vez?

Gisela asintió con debilidad. Ni siquiera alcanzó a contestar, simplemente cerró los ojos.

Ese gesto asustó muchísimo tanto a Aitana como a Delia. Sin perder tiempo, apretaron el botón de la enfermera y llamaron al doctor y a las enfermeras. Cuando les explicaron que la paciente solo estaba agotada y no era nada grave, por fin respiraron aliviadas.

Gisela durmió toda la tarde. Cuando despertó, ya estaba oscuro afuera y la habitación se encontraba completamente sola.

Se quedó mirando el techo durante un buen rato, sin poder evitar preguntarse si Xavier estaría descansando como debía.

En medio de ese silencio, alguien llamó a la puerta de la habitación. Gisela apenas frunció el ceño, alerta.

Pensó que sería Xavier.

Se apresuró a decir:

—Adelante.

Pero quien entró no fue Xavier, sino Nelson.

Nelson iba vestido de manera impecable. El traje y la corbata estaban perfectamente acomodados, y hasta el peinado se veía ordenado. Sin duda, venía de algún evento importante.

La mirada de Gisela, antes llena de expectativa, perdió su brillo.

—¿Qué hace por aquí, señor Nelson?

Nelson avanzó unos pasos más, notando perfectamente cómo en los ojos de Gisela había cruzado una chispa de esperanza que se apagó enseguida. Frunció ligeramente el ceño y preguntó:

—¿Pensabas que era otra persona?

Gisela evitó responder:

—¿Necesita algo?

Gisela miró hacia la televisión y notó que el control remoto estaba un poco lejos, justo debajo de la pantalla.

Guardó silencio un momento antes de contestar:

—Por favor.

Nelson, sin decir nada más, eligió un canal de concursos. Pronto, el sonido de las risas y los efectos animados llenó el cuarto, disipando un poco la tensión.

Justo en ese momento, Gisela vio una escena tan graciosa que, por un instante, olvidó que estaba herida. Se echó a reír sin pensar, pero enseguida el dolor en las costillas le arrancó una tos fuerte.

—¡Ay! —exclamó, llevándose la mano al costado mientras intentaba recobrar el aliento.

Nelson se levantó de inmediato, visiblemente inquieto.

—¿Te duele? ¿Quieres que llame a la enfermera?

Gisela negó con la cabeza, luchando por calmar la tos.

—No, no te preocupes. Solo me reí de más.

Nelson se quedó parado a su lado durante unos segundos, sin saber si sentarse de nuevo o irse.

El cuarto quedó sumido otra vez en el silencio, mientras en la televisión seguían las carcajadas y las luces de colores, como si nada hubiera pasado.

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