Saúl conocía a Romina desde hacía más de quince años. Si alguien podía decir que entendía cómo era Romina, era él. Sabía que, aunque Romina no era el tipo de persona que se desvivía por el mundo o que se podría llamar extremadamente bondadosa, jamás sería capaz de hacer algo tan bajo y sin principios.
No podía tolerar que Gisela la difamara de esa manera.
Al límite de su paciencia, Saúl apretó la voz y advirtió:
—Gisela, ¿qué tonterías estás diciendo?
Gisela y Delia se sobresaltaron por el tono de Saúl, y voltearon a mirarlo de inmediato.
Saúl soltó una risa burlona:
—Ahora entiendo por qué viniste aquel día a buscarme. Resulta que querías que yo también hablara mal de Romina, ¿no?
Gisela se quedó pasmada unos segundos y luego negó frenética con la cabeza:
—No, yo no estoy inventando nada sobre ella.
Saúl le contestó con un tono seco:
—¿Todavía te atreves a negar? Acabo de escuchar todo lo que dijiste. Ni siquiera necesito ver esas pruebas que andas mostrando, sé perfectamente que Romina nunca haría algo así. Rubén y Romina apenas se han visto un par de veces.
—Gisela, pensé que, aunque le tuvieras envidia a Romina, jamás caerías tan bajo como para inventar cosas de esta manera. Pero siempre logras sorprenderme, eres capaz de decir cualquier cosa con tal de arrastrarla contigo.
La mirada de Saúl hacia Gisela no solo era de desprecio, sino de absoluto rechazo:
—Gisela, no quiero volver a escuchar que difamas a Romina, ni quiero que me sigas buscando. Me das asco.
Gisela insistió, meneando la cabeza:
—No es así. Sé que no me crees, pero tengo pruebas de que fue ella. Si quieres, míralas.
Sacó su celular, desbloqueó la pantalla y estaba a punto de mostrarle algo a Saúl, pero él la apartó de un empujón.
Por suerte, Gisela tenía bien sujeto el celular, así que no se le cayó.
—¡No quiero ver nada!
Saúl ni siquiera aminoró el paso:
—De verdad que ya perdiste la cabeza. Los hermanos de Rubén desaparecieron hace años, ¿cómo puedes seguir con esas historias?
Con una rabia contenida en el pecho, Saúl salió del hospital con el rostro tan serio que ningún colega se atrevió a acercarse. Solo le miraban de lejos, intercambiando miradas nerviosas.
Al subirse al carro, todavía sentía que lo que le había dicho a Gisela no era suficiente para calmar su enojo. Golpeó el volante con ambas manos, descargando la frustración.
Sacó el celular por inercia, buscó el nombre de Romina en la lista de contactos y estuvo a punto de marcarle, pero se detuvo a mitad de camino.
Cerró los ojos con fuerza y guardó el celular de nuevo.
Sabía que Romina había estado ocupadísima estos días. Los mensajes de WhatsApp siempre tardaban varias horas en llegar, y a veces respondía hasta la madrugada.
No quería molestarla más en medio de tanto ajetreo. Así que guardó el celular, trató de calmar el enojo que le quedaba por Gisela y arrancó el carro para irse.
Saúl confiaba en Romina, tanto como confiaba en sí mismo.

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