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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 705

Nicolás titubeó, nervioso:

—Yo... yo no dije nada, de verdad que no—

—Habla claro —Romina apretó los dientes—, ya no sirve de nada que sigas mintiendo.

Al otro lado, Nicolás murmuró con frustración:

—¿Cómo fue que hasta la policía terminó metida en esto?

Romina cerró los ojos, agobiada:

—Eso deberían preguntárselo ustedes mismos. ¿Por qué no me hicieron caso y fueron a platicarle a Gisela cosas que ni al caso?

Nicolás balbuceó:

—Tampoco dijimos gran cosa... solo le comentamos que tú usabas el fideicomiso para ayudarnos a mí y a Lola con la escuela. Nada más, te lo juro.

Romina sintió cómo la rabia le subía hasta la cabeza.

Ese dichoso fideicomiso, sumado al hecho de que Nicolás y Lola ni siquiera tenían papeles en regla, era la prueba perfecta para que la policía pensara que ella y Rubén estaban metidos en algo ilegal.

Con razón la policía la había acorralado tan rápido. Claro, estos dos imbéciles se encargaron de ponerle todo en bandeja.

Nicolás, aún inquieto, le preguntó con voz temblorosa:

—Señorita Romina, ¿decir eso no debería meternos en problemas, verdad?

Romina soltó una risa despectiva:

—Por su culpa, ahora tu hermano está en un lío terrible.

—¡Y yo también!

Romina colgó el teléfono, sintiendo que el pecho le estallaba.

No había tiempo que perder. Cruzó la sala a pasos largos hasta donde estaba Pedro, mirándolo con apremio para que comiera rápido.

Pedro, al ver la expresión de Romina, dejó de hacerse el difícil. Sintió una punzada de angustia al verla tan alterada.

Apenas probó un poco del desayuno y dejó los cubiertos a un lado.

—Carolina —llamó Pedro.

Carolina, la niñera encargada de cuidar a Katia, salió desde la cocina:

Pedro se dejó arrastrar por Romina. Salieron de la casa a toda prisa.

Ya en la calle, Romina bajó la mirada y, sin mucho valor, le contó a Pedro todo lo que había pasado, sin omitir ningún detalle.

Cuando terminó, seguía con la cabeza gacha, esperando ansiosa la reacción de Pedro.

Le preocupaba muchísimo. Temía que Pedro la viera diferente, que pensara que no valía la pena estar con ella.

Si hubiera podido, jamás le habría contado nada, pero si no lo hacía, tampoco Pedro podría ayudarla.

El silencio se alargó y Romina sintió cómo el tiempo se hacía eterno.

Justo cuando alzó la mirada para ver la reacción de Pedro, él la sujetó del mentón y la obligó a mirarlo de frente. Bajó la vista hasta encontrarse con los ojos de Romina, y la intensidad de su mirada la hizo temblar.

Romina preguntó con voz apagada:

—¿Estás enojado conmigo, Pedro?

Pedro no respondió. El silencio hizo que la ansiedad de Romina creciera aún más.

—Pedro, lo sé... seguro estás decepcionado de mí. Pero solo te pido que me ayudes esta vez, te lo prometo, te juro que después no volveré a meterme en nada de esto. Dame una oportunidad, ayúdame ahora y después me portaré bien, te lo juro.

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