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Del Dolor Nació la Diosa de la Venganza romance Capítulo 688

Gisela le explicó rápidamente a Alejandra la situación con Rubén y le pidió que, durante los días que ella estaría en Santa Clara por trabajo, estuviera atenta a cualquier movimiento en la estación de policía.

Del otro lado del teléfono, Alejandra soltó un jadeo y se escuchó algo caer al suelo. Su respiración se aceleró un poco.

—¿Rubén aceptó testificar?

—Todavía no está completamente seguro —respondió Gisela—. Por eso necesito que lo vigiles y me informes de inmediato cualquier novedad, así yo podré manejar la situación a tiempo.

—Entendido —contestó Alejandra sin dudar.

Después de colgar, Gisela regresó a Villa Jardines de Armonía para preparar su maleta. Había reservado un vuelo para esa misma noche. Además de empacar, aún tenía que asistir a una reunión de intercambio, que seguramente terminaría tarde. El tiempo apremiaba.

Xavier estaba ahí, cruzado de brazos y con el ceño fruncido, ocupando la mitad del cuarto. Su sola presencia entorpecía el avance de Gisela.

Gisela tomó una percha y la pasó por la pierna de Xavier.

—Hazte a un lado.

La expresión de Xavier se volvió aún más dura, pero no se movió ni un centímetro.

No es que Gisela lo hubiera golpeado fuerte, pero la cara de Xavier parecía la de alguien a quien sí le hubiera dolido.

A Gisela le causó gracia y volvió a darle un leve toque con la percha.

Xavier, abrazando sus brazos, seguía inmóvil.

—¿Y ahora qué te pasa? —suspiró Gisela—. Ya te dije que este viaje lo planeé cuando tú no estabas, y ya tenía el compromiso desde antes.

Le dio un par de golpecitos más en la pierna con la percha.

—¡Muévete, el tiempo apremia!

De repente, Xavier le quitó la percha de las manos, la aventó sobre la cama y, sin previo aviso, la tomó del brazo y la jaló para ponerla de pie.

—Déjame ayudarte a empacar.

Gisela quedó sentada en la cama, mirándolo como si acabara de ver un fantasma.

Xavier comenzó a doblar la ropa y acomodarla en la maleta.

—Apenas regreso y ya te vas. ¿No tengo derecho ni a quejarme un poco?

Gisela alzó una ceja.

Gisela se puso de pie al instante y cerró la puerta del clóset con rapidez, casi tropezando y a punto de golpearse la rodilla contra el suelo. Apoyó ambas manos con firmeza sobre la puerta y, apretando los labios, murmuró:

—Ya está, lo que sigue lo puedo empacar yo sola.

Solo de pensar en lo que había dentro de ese compartimento, las orejas se le pusieron coloradas. Por poco y Xavier descubre su ropa interior.

Sin voltear a verlo, alcanzó a notar por el rabillo del ojo que Xavier esbozaba una sonrisa socarrona.

—¿Qué guardas ahí que no puedo ver? —preguntó él, divertido.

—Nada que te importe —respondió Gisela con tono seco.

Xavier levantó las manos, cediendo.

—Está bien, tú terminas.

Al girar para seguir con lo suyo, Gisela se topó con la sonrisa triunfante y contenida de Xavier.

—Ay, por favor...

No cabía duda, Xavier ya se había dado cuenta de todo.

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