Los tres kiwis impactaron con precisión en los rostros de las mujeres. El jugo verde y espeso escurrió de inmediato por sus mejillas perfectamente maquilladas.
En cuestión de segundos, la apariencia elegante de las tres quedó arruinada por aquel ridículo líquido verdoso.
Melina miró su costoso traje de diseñador, ahora manchado irremediablemente, y la furia nubló su razón.
Señaló a Amaya y gritó como una histérica:
—¡Amaya! ¡Eres una salvaje! ¡Te voy a destrozar la cara! ¡Ya no te soporto más!
Sin pensarlo, se abalanzó hacia ella como una leona fuera de control.
Sin embargo, apenas había dado dos pasos cuando su cuerpo chocó brutalmente contra una sólida pared humana.
Romeo se mantenía firme, erguido como una montaña inamovible, protegiendo a Amaya a sus espaldas.
Miró a Melina desde arriba, con unos ojos tan gélidos que su sola presencia resultaba asfixiante.
El impacto obligó a Melina a detenerse en seco. Al levantar la vista y toparse con el aura intimidante de Romeo, se quedó paralizada, incapaz de dar un solo paso más.
La voz de Romeo era profunda y aterradora, conteniendo una rabia volcánica:
—No solo es tu sobrina, es una vida inocente. ¡Y te atreves a maldecirla de esa manera! ¡Melina, me das asco!
Melina titubeó e intentó defenderse, pero su voz temblaba delatando su miedo:
—Yo... ¿Acaso no dije la verdad? Desde que nació, esa niña solo ha traído problemas. ¡Es una maldición para la familia!
Al escuchar eso, Amaya perdió por completo los estribos. Agarró un plato lleno de sandía cortada y se lo estrelló en la cara a Melina.
—¿Maldición? ¡¿Cómo te atreves a llamar así a mi hija?!
—¡Si le ha pasado algo malo, es por tener la desgracia de compartir la sangre con una familia tan podrida como la de ustedes!

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