Pero, ¿por qué Leonor haría algo así?
Nadie en su familia recibió bien el nacimiento de Renata, nadie la quería de verdad. ¿Por qué alteraría el acuerdo para intentar quedarse con la custodia?
Sin embargo, ahora no era el momento de enredarse en eso.
Afortunadamente, aún estaba a tiempo de arreglarlo.
Diego tomó el celular y justo cuando iba a llamar, Amaya lo agarró del brazo de repente.
—No preguntes nada todavía. Pidamos que impriman tres copias nuevas del acuerdo, volvemos a firmar y tramitamos la solicitud de divorcio de una vez.
Ya pasaban de las cuatro de la tarde; si se demoraban más, los de la oficina iban a terminar su turno.
Amaya no quería seguir posponiendo el asunto. Por suerte, tenía el archivo digital en su celular.
Fue directo al área de impresión, pasó el archivo y sacó tres copias nuevas.
Esta vez, para no repetir el error, se lo envió a Marcos para que lo revisara. Una vez que confirmó que todo estaba en orden, hizo que Diego firmara.
Durante todo el proceso, la actitud de Amaya fue firme, decidida y muy fría. Era evidente que no daría marcha atrás con el divorcio.
Diego parecía una marioneta mientras ella lo arrastraba de ventanilla en ventanilla. Sentía un nudo de dolor en el pecho, un sufrimiento tan profundo que ya lo había dejado entumecido.
Pronto llegó la hora del cierre.
Ambos volvieron a entregar sus identificaciones y los acuerdos de divorcio impresos al funcionario.
El hombre los tomó y volvió a hacer las preguntas de rutina.
Después, los llevaron a una sala donde tuvieron una sesión de mediación bastante simbólica.
En ningún momento Amaya volvió a mirar a Diego a la cara.
Por el contrario, la mirada de Diego nunca se apartó de ella. En sus ojos había nostalgia, resistencia a dejarla ir, culpa y también... fascinación.
Sentía que, desde que Amaya lo había dejado, se veía más radiante, llena de energía, más esbelta y mucho más hermosa. Era tan deslumbrante que no podía apartar la vista de ella.

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