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Adiós a la Esposa Perfecta romance Capítulo 251

Diego estaba totalmente destruido.

Miró fijamente la espalda de Amaya; sus ojos reflejaban una profunda negación a dejarla ir.

Al sentir una mirada amenazante a su lado, volteó con brusquedad y vio que era el hombre que manejaba el Ferrari.

El hombre llevaba una chamarra de cuero negra desgastada sobre una playera blanca con grafitis, una gruesa cadena de plata en el cuello, pantalones tipo cargo holgados y unos tenis de edición limitada. Debajo de su cabello desordenado pero con estilo, sus facciones estaban bien marcadas y en sus labios se dibujaba una sonrisa sarcástica, emanando un aire de chico rebelde e indomable.

El sujeto torció los labios, mostrando una clara burla:

—Tranquilo, no tengo nada que ver con Amaya. Aunque, no descarto que ahora que estará soltera, surja alguna posibilidad...

»Hoy vine con Sofía porque quería ver con mis propios ojos qué clase de idiota era capaz de dejar ir a una mujer como ella.

Dicho esto, el hombre le dio unas palmadas en el hombro a Diego:

—Qué lástima, campeón... Te juro que te vas a arrepentir el resto de tu vida.

»Las mujeres con la personalidad, el empuje y la resistencia de Amaya son rarísimas. De verdad... no supiste valorarla.

Tras decir eso, suspiró pesadamente, como si sintiera lástima por lo que había vivido Amaya.

Diego apretó los puños. Justo cuando estaba a punto de soltarle un golpe, el hombre ya se había dado la vuelta y se había metido en el Ferrari, arrancando con el motor rugiendo hasta desaparecer en la distancia.

Diego sintió una opresión insoportable en el pecho.

Especialmente al ver el nuevecito Maserati de Amaya brillando bajo el sol, el peso del arrepentimiento lo asfixió todavía más.

¿Qué había hecho él por Amaya en el pasado...? Trató de buscar en su memoria, pero no logró recordar nada.

Sin embargo, cada pequeña cosa que ella había hecho por él estaba grabada en su mente, clara y nítida como si hubiera pasado ayer.

Llevaba manejando ese Smart desde hacía como siete u ocho años.

Era un carro chiquito, que se compró para moverse cuando recién se graduó. Ya estaba bastante viejo, el aire acondicionado no servía y los limpiaparabrisas hacían ruidos raros.

¿Por qué nunca se le había ocurrido comprarle un coche nuevo?

Recordó que, cuando ella tenía ocho meses de embarazo, el carro la dejó tirada. Tuvo que ir con su enorme panza a llevarlo al taller y regresó toda empapada por la lluvia, contándole lo que le había pasado con una sonrisa ligera.

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