¿Tan rápido iban las cosas entre ellos dos?
Diego no aguantó más y justo cuando iba a acercarse...
De repente, un Ferrari súper llamativo pasó a su lado rugiendo el motor y se frenó en seco justo al lado de Amaya, con un rechinido que retumbó en toda la calle.
La ventanilla bajó y Diego escuchó claramente cómo el hombre que iba manejando gritaba el nombre de Amaya.
Amaya se agachó de inmediato, asomando la cabeza por la ventanilla. No sabía de qué estaban platicando, pero Diego alcanzó a escuchar unas cuantas risas saliendo del coche.
¿De verdad venía a divorciarse?
¿Cómo podía estar tan feliz?
Y encima, ¿quién era ese tipo del Ferrari?
El carro se veía nuevecito; era el último modelo de este año, recién salido al mercado. Alguien capaz de comprarlo tan pronto tenía que estar forrado de dinero.
Romeo jamás se compraría un coche deportivo de ese estilo. Los que solían interesarse por esos carros eran los mujeriegos como Camilo.
¿Acaso Amaya ya le había echado el ojo a algún mirrey de la ciudad? Todavía ni se divorciaba y ya le andaban coqueteando en un Ferrari.
A Diego se le revolvió el estómago del coraje.
Al segundo siguiente, vio cómo un tipo vestido con ropa de marca salía del coche con un ramo de rosas amarillas y caminaba directo hacia Amaya para entregárselo.
A Diego le hirvió la sangre al instante.
Hasta el momento él seguía siendo el esposo de Amaya, ¿y alguien venía a regalarle flores en su cara, justo en la puerta del Registro Civil?
Con las venas de las sienes a punto de estallar del coraje, Diego caminó a toda prisa hasta quedar frente a ellos.
Tenía el rostro tenso. Primero miró al hombre desconocido y luego a las rosas que Amaya sostenía en las manos. Sintió un nudo enorme en la garganta.
Señalando al tipo, Diego exigió:
—Amaya, ¿y este quién es?


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