La negativa tajante de Melina fue mucho más reveladora que la cobarde huida de Leonor. Mostraba la verdadera naturaleza egoísta de la familia Muñoz.
Una sonrisa amarga e irónica se dibujó en los labios de Amaya:
—¿Lo escuchaste, Diego?
—Tus propios oídos acaban de confirmar lo fría y calculadora que es tu familia. Y me temo que tú, en el fondo, eres exactamente igual a ellos.
Diego se tensó por completo. Bajó la cabeza de inmediato, incapaz de sostenerle la mirada, carcomido por la culpa:
—Yo... hablaré con ellos de nuevo.
—Tú concéntrate en cuidar a Reni. Yo te avisaré.
Con el rostro ardiendo de vergüenza, Diego no pudo soportar estar un segundo más en la habitación. Ni siquiera tuvo el valor de darle una última mirada a su hija.
Se dio la vuelta y salió derrotado. Melina y las otras dos mujeres no tardaron en seguirlo.
La ruidosa habitación volvió a quedar en un silencio absoluto.
Amaya miró la puerta cerrada durante un largo rato, sin que la sonrisa gélida desapareciera de su rostro.
Romeo la observaba de perfil. Sintió el impulso de abrazarla, pero a mitad de camino, retiró la mano.
Decidió que no era el momento adecuado.
Romeo movió los labios y dijo en voz baja:
—Ami, no te sientas mal. Que ellos no amen a Reni no significa que nadie lo haga. Nosotros la amamos tanto como tú, y celebraremos cada paso de su vida.
Sofía se acercó y la abrazó con fuerza por los hombros:
—¡Tiene razón! ¡A Reni no le hace falta el cariño de los Muñoz! Cuando crezca, será una ejecutiva implacable y se apoderará de todo el Grupo Muñoz. ¡Hará que esa familia viva de sus migajas!
La intención de Sofía era consolarla, pero sus palabras encendieron una chispa en la mente de Amaya. Una idea audaz tomó forma en su cabeza:
—Sofi, tienes mucha razón.

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